Por James Cifuentes Maldonado
Rosa Elvira Cely; así se llamaba una bogotana, que luchaba por salir adelante como cualquier mujer humilde de Colombia, estudiando y trabajando, para ganarle la partida a la vida, hasta cuando, en una fría madrugada, en el Parque Nacional, un embrutecido hombre, tal vez dos, bajo el efecto de quién sabe qué, decidieron no solo acabar con sus sueños, sino con toda su dignidad, por la forma macabra en que la asesinaron, tanto, que el hecho logró tocar las fibras más sensibles de una sociedad ya acostumbrada a las más extremas manifestaciones de violencia, al punto de parecer que ya nada le asombraba.
Pero estas notas no son para hablar de las circunstancias en que murió Rosa Elvira, porque ya bastante impresión y dolor se generaron, en su momento, con la noticia en todos los medios de información; quiero referirme, en su lugar, a la creación legal que lleva su nombre y que surge como un intento de reivindicación o desagravio póstumo, frente a un acto que no tiene perdón ni redención; hablo de la ley 1761 del 6 de julio de 2015.
En principio no comparto lo que los sociólogos han llamado la discriminación positiva, tendiente a cerrar las brechas de desigualdad que hay entre las personas, ya que es un hecho, que en nuestro orden constitucional, se ha derrumbado el paradigma de que “todos somos iguales”, porque en realidad somos diversos y diferentes y corresponde al Estado, a través de los instrumentos legales, generar las condiciones para que todos tengamos las mismas oportunidades, para la materialización y el goce efectivo de los derechos.
Y digo que no comparto el concepto, aunque es loable el fin, por cuanto, en ese propósito de asegurar el acceso igualitario a las garantías del Estado Social de Derecho, se viene legislando en favor de ciertos segmentos sociales discriminados, ya sea por razones étnicas, culturales, económicas o de género, como en el caso de los homosexuales o de las mujeres, olvidando que, la mera expedición de una norma, no trae soluciones, y por el contrario en el afán de visibilizar esos grupos y generar conciencia alrededor de ellos, los deja más expuestos al prejuicio y al ataque de quienes pregonan ideologías radicales.
Pareciéndome que el homicidio es igual, si la víctima es un hombre o una mujer, ya que el derecho fundamental a la vida no admite discusiones de género, debo decir que la ley 1761 o la ley “Rosa Elvira Cely”, que establece la figura del feminicidio, será una ley más, condenada a quedarse en letra muerta si el Estado no toma las medidas pedagógicas necesarias para cambiar la realidad cultural de nuestro país, caracterizada por una idiosincrasia machista y proclive a ver a la mujer como un objeto, como una propiedad.
Mediante la ley 1761 se crea un nuevo tipo punitivo y unas circunstancias de agravación del homicidio, cuando dicho delito recae en las mujeres, propiamente por su condición de género, y la consecuencia es que las penas privativas de la libertad se han doblado e incluso triplicado, lo cual no significa que, por ello, las mujeres en Colombia dejarán de ser asesinadas. Es claro que no va a pasar nada, si en el mediano o largo plazo no intentamos cambiar el chip cultural, fortaleciendo la escala de valores de nuestros niños y de nuestros jóvenes, para construir una nueva sociedad, en la cual no haya necesidad de una ley que diga que hay que respetar a los homosexuales, a las mujeres o a las minorías étnicas.
Para mi gusto entonces, lo más destacable de la ley Rosa Elvira Cely es que, en sus disposiciones finales, ordena al Estado poner en práctica en el sistema educativo una vaina bien llamativa que han denominado “la perspectiva o el enfoque de género” la cual entiendo como una nueva asignatura en escuelas y colegios orientada a que, los estudiantes, tempranamente se reconozcan en su condición de hombres y de mujeres, se valoren y se respeten, y especialmente que se genere reflexión sobre la protección de la mujer como base fundamental de la sociedad. Ojalá esto se cumpla porque creo que, en realidad, por aquí es la cosa.
Por lo pronto, que Rosa Elvira descanse en paz, y que la justicia para ella, no se limite a la condena de sus asesinos, ni a la promulgación de una ley; que su memoria y su sacrificio sean útiles para la plena seguridad de las mujeres, de las nuevas generaciones, cuando hayamos crecido como sociedad.


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