Por James Cifuentes Maldonado
Suponiendo que hubiera que considerarlo mucho, a quienes han
madrugado a hacer la campaña del NO frente al plebiscito para la paz,
les pregunto ¿y entonces cuál es el planteamiento?, ¿Qué habremos de
hacer que no hayamos hecho ya?; que no hayamos hecho, no en los últimos 5
años, sino en los últimos 50, incluyendo los 8 años de aquel gobierno
en el que arreció la “mano fuerte y el corazón grande”.
¿Qué nuevo o distinto puede inventarse, que no hayamos intentando con
la “mano fuerte” del paramilitarismo, los falsos positivos y el
terrorismo de Estado del que no ha quedado ninguna duda? ¿A qué
alternativa diferente podemos enfilar el “corazón grande”, que no sean
las falsas desmovilizaciones y toda la corrupción que pretenden hacernos
creer que es un mal reciente, nunca antes visto?; país de
desmemoriados, ¿acaso se nos han olvidado los articulitos, las notarías,
las chuzadas, los seguimientos ilegales, los sorprendentes negocios de
Tom y Jerry y todas las trapisondas inspiradas en el Ubérrimo, pero que,
por proceder de allá, los áulicos del expresidente, que aún lo llaman
Presidente, dicen que son normales y se arreglan con teflón?
Puede que la paz no sea un anhelo de todos, de hecho son muchos sus
enemigos, unos en la sombra, agazapados en las columnas de los
periódicos o tirando piedra en Facebook y otros bien conocidos en
Twitter que han dado la pelea, aunque con los mismos argumentos
repetidos, de que se le está entregando el país a las Farc o que Juan
Manuel Santos es el intérprete del proyecto castro-chavista en Colombia;
nada más alejado de la realidad, del talante y de la sangre real que
corre por las venas de nuestro aristocrático presidente.
Con todo y ese escenario tan adverso de oposición y sabotaje, el
Gobierno de Juan Manuel Santos se embarcó en la consecución de la paz y
es indiscutible que en su búsqueda ha mantenido unas acciones y un
discurso consistentes; ha soportado todos los embates de la crítica
salvaje de la derecha, que ni raja ni presta el hacha y ha capoteado
todas las dificultades, incluso las generadas por las burradas y las
incoherencias de la misma guerrilla, con sus incumplimientos al cese
unilateral del fuego y las masacres cometidas con soldados y policías.
A los trompicones, los diálogos de la Habana constituyen el proceso
que más resultados ha mostrado, el que más lejos ha llegado, para
fastidio de muchos, precisamente, porque pareciera, que el Presidente
Santos, con su gagueo, su corte inglés y sus ambiciones de premio Nobel,
fuera a lograr lo que muchos otros intentaron sin éxito, porque no
entendieron que la paz se hace con el enemigo, no con los contertulios.

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