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miércoles, 13 de enero de 2016

La poesía y el toreo





Por James Cifuentes Maldonado



Comenzó la Feria por lo alto. Fue un espectáculo sobrecogedor para aquellos que entendemos que lo que hizo el torero fue abrirnos de par en par el sentimiento, tocarnos el alma, (…)”. Así inicia un artículo en EL ESPECTADOR, escrito por Alfredo Molano Bravo, con ocasión de la apertura de la Feria de Manizales 2016.

Confieso que nunca he ido a una corrida de toros y que lo más cercano que he estado de esa controvertida fiesta es en unas corralejas en los carnavales de Riosucio. En esa ocasión la plaza estaba atestada, y me pareció extraño que al ingreso del escenario estaban parqueadas tres ambulancias. Sin embargo, el desarrollo del espectáculo me daría la explicación; antes de que pasara media hora ya uno de los seis toros que habían soltado para deleite del público, se brincó la barrera, yéndose contra la primera fila, alcanzando a una señora con una herida fatal a la altura del pecho. Luego, uno de los suicidas borrachos que correteaban el redondel burlando al toro, dio un paso en falso y fue corneado en la cara y salió en camilla con un ojo por fuera de su órbita. Otro de los espontáneos “toreros” perdió la carrera con el animal y fue gravemente lesionado. Así, al final resultó que las tres ambulancias se quedaron cortas

La orgía de sangre de Riosucio, en verdad fue sobrecogedora, para utilizar el mismo adjetivo del inspirado Alfredo Molano, tanto que decidí no volver a un evento de este tipo. Obviamente los amantes del arte de cúchares, que así le dicen al toreo en homenaje a un famoso diestro español, entre cuyos méritos estuvo que nunca se dejó cornear, dirán que yo estuve en el lugar equivocado, que tenía que haberme ido para la feria, que lo de Riosucio era mero pueblo y guachafita.

En la Monumental de Manizales, además de pavas, mujeres bonitas, machos alfa y manzanilla, en ese glamuroso ritual de esnobismo de los grecocaldenses, hubiera visto una corrida de verdad, una en la que el que corre, se arrastra y muere es el toro, avasallado y aniquilado por el hombre del traje de luces, para el éxtasis de los espectadores, en medio del apasionado coro del OLE OLE; con la descripción exultante de los relatores que, aun siendo más colombianos que la aguapanela, se solazan llevando el castellano a límites insospechados de la prosa y de la lírica, con expresiones que solo ellos entienden, con ese curioso acento español que se les acaba cuando termina la faena.

Siquiera no he ido a la Monumental; en las corralejas de Riosucio, tristemente, por las víctimas que pagaron caro su gusto y su imprudencia, los toros ganaron y salieron vivos, pero eso me pareció más digno, que el combate desigual, brutal y bárbaro de la tauromaquia en la respingada Feria de Manizales, ciudad que, hay que decirlo, está muy bonita y por suerte en sus fiestas ha habido mucha variedad de eventos de gran aceptación popular, no solamente toros. 



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