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miércoles, 6 de enero de 2016

Las angustias del agua





Por James Cifuentes Maldonado

Los pereiranos, hemos vivido en el confort de la abundancia del agua, sin preocupaciones; y no digo esto porque hoy ese recurso nos esté faltando, sino porque, aunque seguimos abriendo la llave las 24 horas del día y el chorro sigue brotando generoso, cada vez se hace más latente la visión apocalíptica de la desaparición de las fuentes de las que ahora gastamos, sin escrúpulos, sin pensar y a manos llenas, creyendo que son eternas.   Por mi parte, no dejo de pensar en el día en que el Consota y el Otún sean meros lechos secos y que, de los ríos, de los que hoy bebemos y donde hacemos “paseos de olla”, no queden sino las fotografías y las piedras.

Literalmente la amenaza de la falta de agua se ha convertido en nuevo factor de estrés, que se suma a la violencia; sin embargo, los seres humanos solemos manejar las preocupaciones y las dificultades, no enfrentándolas, sino dándoles la espalda, y, en este caso, cuando vemos y oímos que el agua se va a acabar, la cosa se resuelve tan sencilla como que cambiamos la televisión de canal o apagamos la radio.

Pero evitar el estrés de la tragedia ya no es tan fácil, porque la avalancha de información que nos abruma diariamente no solamente llega por los medios tradicionales, sino que se ha multiplicado exponencialmente por el poder de las redes sociales, en las cuales, en afán de crear conciencia, se replican las notas angustiosas que nos dicen que, de toda el agua del planeta, solo el 3% es potable, que la población está creciendo, que los polos se están derritiendo, que los bosques se están acabando, que el estado de California y España ya se están quedando sin fuentes hídricas y, para no irnos tan lejos, que a los glaciares de Colombia, les quedan, a lo sumo, 30 años. 

Con más inminencia imaginamos que nuestros nietos, y tal vez nuestros hijos, deberán afrontar un tiempo diferente, como el que nos muestra el cine en la película “El libro de los secretos”, donde la gente mata y muere por una cantimplora; escenas de ficción que hablan de un futuro que está a la vuelta de la esquina.

Antes de plantearme esta terrible perspectiva, me preguntaba, ¿si el agua de todos modos corre y no para, y, en ciudades como Pereira no tenemos grandes reservorios, porqué nos dicen que debemos ahorrar agua?; me aventuro con una disparatada respuesta: es posible que el consejo del ahorro no sea necesariamente porque el agua pueda acumularse infinitamente, sino porque es imperativa una nueva cultura y, desde ya, sea bueno acostumbrarse, para cuándo del tubo solo salga ruido y arena.

Del reservorio, “Embalse del Rio Otún”, quijotada de Julio Cesar Gómez, hablaremos luego.

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