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lunes, 4 de enero de 2016

Es la paz o es la guerra, no es tan difícil de entender.





Por James Cifuentes Maldonado

La justicia a la que se pretende llegar con los actuales diálogos de paz, no corresponde a los estándares de la normatividad existente, es decir, son de naturaleza extraordinaria, excepcional, y se enmarcan en el concepto de Justicia Transicional, desarrollado internacionalmente para poder terminar conflictos prolongados como el que vive Colombia.  Entendiendo esto, que no necesariamente aceptándolo, podemos convivir mejor con la obsesión de este gobierno de jugársela por la paz; iniciativa legítima de Juan Manuel Santos, porque así lo quisimos la mayoría de colombianos que concurrimos a su reelección y que ganamos con esta opción, así como en su momento los uribistas ganaron con la alternativa de la guerra frontal, sin haber logrado alcanzar el objetivo de acabar la confrontación por la fuerza, que también era una opción.

Da grima la posición facilista de muchos de los que atacan el proceso de paz, con argumentos manidos y mal intencionados,  diciendo que se está entregando el país a la subversión, bajo la falacia de que se está violando el orden establecido, porque, insisto, la naturaleza de los acuerdos que se han logrado en la Habana es eminentemente política,  y por ello no tienen que encajar en los códigos existentes, porque son alternativas necesarias para la transición  y ello es así, precisamente porque el fin lo justifica, así como en los gobiernos anteriores se justificó descargar todo el poder represivo del Estado, con el riesgo de los excesos y las ilegalidades ya comprobadas, sin que se lograra terminar la guerra por la vía militar.

Es claro que, en virtud de la democracia, la misma democracia que el Coronel Plazas Vega dijo defender, en la toma del Palacio de Justicia, venimos dialogando hace más de 4 años con la guerrilla, y está claro que la paz que se persigue ahora no está basada en la ley de talión.  Igualmente es claro que la justicia a la que se quiere llegar es una mera aproximación, un símbolo, un esfuerzo supremo de todos los colombianos, sustentado en el reconocimiento de lo que ha pasado, para que no vuelva a suceder.

Estos planteamientos seguro no serán de recibo de los que están interesados en que todo siga igual, los que permanente azuzan a los ciudadanos del común, a los desposeídos e incluso los que han sufrido de verdad los rigores de la violencia, sin entender su origen, para que rechacen la reconciliación, so pretexto  de que se está entregando la institucionalidad, con arengas que apelan a los sentimientos más básicos de la gente incauta, para hacerles creer que el inconveniente es la paz y no la guerra.

Pero, en fin, “el que quiera ver que vea y el que quiera oír que oiga”.  Feliz 2016 para todos.

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