Por: James Cifuentes Maldonado
El
pez león, es un espécimen de gran belleza, por sus colores y por las espinas
que le adornan como si fuera un corte de alta peluquería, pero tras esa figura,
venida del Indico, lo que hay es un feroz depredador que invade el mar caribe y
acaba con las especies nativas, porque se alimenta de peces jóvenes e incluso
de sus huevos, y así, el pez león interfiere en el desarrollo y multiplicación
de especies útiles y valiosas, en la cadena alimenticia. Con el reggaetón pasa algo
similar, empezó con sus primeros ruidos pegajosos entre los años 80 y 90 en
Panamá, con una genética basada en el reggae jamaiquino, que tuvo luego su
desarrollo industrial en Puerto Rico.
Pensamos
que el reggaetón era una moda, así como el
meneíto del General, el baile del
perrito y el baile del gorila de
Wilfrido, la lambada, el carrapicho, la Macarena, el aserejé, la
mayonesa y muchos otros bailes del momento, que, por fortuna, pasaron y
suenan hoy solo en la tanda de la “hora
loca” que se hizo costumbre en fiestas y discotecas. No sucedió lo mismo con el reggaetón; vamos para
dos décadas y dos generaciones, con la misma descarga de percusión electrónica,
alternada con unas letras cada vez más patéticas que en su mayoría aluden al
sexo fácil y explícito, matando el romanticismo y sin dejar lugar a la
imaginación.
El reggaetón, cuyos seguidores de culto, llaman el “género”, evolucionado
ahora en “música urbana”, con toques más suaves pero igual de obscenos y
decadentes, se volvió plaga, como la langosta en los campos de trigo, o como el
pez león en el mar caribe, desplazando y opacando todo lo que el siglo XX produjo
en materia musical, desde la época de los sesenta, los setentas y los
inigualables ochentas, para no ir muy lejos.
El rock, la balada, la música disco, la salsa, el
merengue, el dance, la música clásica y la orquestal, toda esa cosecha amenaza
con perderse porque los jóvenes de hoy ignoran que existe, no saben que hay vida
más allá del reggaetón y que se están perdiendo de mucho, por seguir escuchando
lo mismo, todos los días, en la letanía monótona de un ritmo envenenado que
llena de basura su imaginación y los impulsa a desear ser los camajanes que aparecen en los
videos de televisión, cargados de cadenas y anillos, montados en carros lujosos
rodeados de mujeres semidesnudas.
Lo más grave, niños y jóvenes trocaron sus
valores, piensan que ser reggaetonero es el referente del éxito, que la fama de
cualquier manera es el punto de partida y que para ello no hace falta el
trabajo.


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