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martes, 19 de agosto de 2014

EL REGGAETÓN, ¿ARTE O PLAGA?




Por: James Cifuentes Maldonado

El pez león, es un espécimen de gran belleza, por sus colores y por las espinas que le adornan como si fuera un corte de alta peluquería, pero tras esa figura, venida del Indico, lo que hay es un feroz depredador que invade el mar caribe y acaba con las especies nativas, porque se alimenta de peces jóvenes e incluso de sus huevos, y así, el pez león interfiere en el desarrollo y multiplicación de especies útiles y valiosas, en la cadena alimenticia. Con el reggaetón pasa algo similar, empezó con sus primeros ruidos pegajosos entre los años 80 y 90 en Panamá, con una genética basada en el reggae jamaiquino, que tuvo luego su desarrollo industrial en Puerto Rico. 
Pensamos que el reggaetón era una moda, así como el meneíto del General, el baile del perrito y el baile del gorila de Wilfrido, la lambada, el carrapicho, la Macarena, el aserejé, la mayonesa y muchos otros bailes del momento, que, por fortuna, pasaron y suenan hoy solo en la tanda de la “hora loca” que se hizo costumbre en fiestas y discotecas.   No sucedió lo mismo con el reggaetón; vamos para dos décadas y dos generaciones, con la misma descarga de percusión electrónica, alternada con unas letras cada vez más patéticas que en su mayoría aluden al sexo fácil y explícito, matando el romanticismo y sin dejar lugar a la imaginación.
El reggaetón, cuyos seguidores de culto, llaman el “género”, evolucionado ahora en “música urbana”, con toques más suaves pero igual de obscenos y decadentes, se volvió plaga, como la langosta en los campos de trigo, o como el pez león en el mar caribe, desplazando y opacando todo lo que el siglo XX produjo en materia musical, desde la época de los sesenta, los setentas y los inigualables ochentas, para no ir muy lejos.
El rock,  la balada, la música disco, la salsa, el merengue, el dance, la música clásica y la orquestal, toda esa cosecha amenaza con perderse porque los jóvenes de hoy ignoran que existe, no saben que hay vida más allá del reggaetón y que se están perdiendo de mucho, por seguir escuchando lo mismo, todos los días, en la letanía monótona de un ritmo envenenado que llena de basura su imaginación y los impulsa  a desear ser los camajanes que aparecen en los videos de televisión, cargados de cadenas y anillos, montados en carros lujosos rodeados de mujeres semidesnudas.
Lo más grave, niños y jóvenes trocaron sus valores, piensan que ser reggaetonero es el referente del éxito, que la fama de cualquier manera es el punto de partida y que para ello no hace falta el trabajo.

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