Imagen tomada del Mundo de Medellín
Por: James Cifuentes Maldonado
En
los barrios populares las ventas de arepas son tradicionales; la arepa es un
imperativo de la dieta paisa, más que cualquier otro alimento, y es sabido que
hasta suelen darse filas para comprarlas.
Pues bien, algún día, en uno de estos barrios, alguien cayó en cuenta
que en cada cuadra, o en varias cuadras a la redonda, solía haber una sola
venta de arepas y decidió montar su propio puesto en la mitad de la cuadra; era
tanta la demanda que el negocio siguió siendo bueno, es decir que las dos
ventas de arepas tenían buenos resultados, por tal motivo un tercer emprendedor
decidió instalar una nueva venta en el otro extremo de la cuadra. Pero con este
último puesto las cosas no resultaron tan promisorias, porque, por alguna razón
extraña, el primer puesto seguía vendiendo a muy buenos niveles, el segundo ya
no vendía como cuando se instaló y el tercero no despegaba.
Ubicados entonces en este último escenario, es que podemos decir, categóricamente, que lo hecho, al parecer, en los últimos 15 años por los fabricantes de pañales y de papel higiénico en Colombia, con alcances trasnacionales, no son meras travesuras de niño. A mi juicio más que un fraude, del que en buena hora se ha ocupado la Superintendencia, es toda una estafa que debería llevar a la cárcel a los responsables; toda una bellaquería, que pisotea el principio de la buena fe de los consumidores a los cuales se nos ha metido literalmente la mano al bolcillo, al tener que pagar más de lo razonable por artículos de primera necesidad. Un crimen que se agrava si uno piensa en una madre soltera de estrato 1, que ha debido pagar paquetes de pañales a $20.000, que pudo haber pagado a $15.000 o menos.
En la historia del "cartel de las arepas" hubo justicia, la justicia divina por supuesto, pero en el episodio del cartel de los pañales difícilmente puede haberla, primero porque las sanciones para los fabricantes son irrisorias; se estima que las multas serían del orden de los sesenta mil millones de pesos, lo cual pareciera mucho, pero realmente es una bicoca frente a los réditos del "tumbis" que rondan los dos billones de pesos, según cálculos apenas preliminares. Una millonada que ya se gastaron en lujo e inmerecidos privilegios los distinguidos empresarios y los ejecutivos del mercadeo sin escrúpulos; platica que nunca recuperaremos.
Para finalizar, retomando la historia inicial de las arepas, hay que decir que en términos generales, cada uno de los tres vendedores podía ofrecer su producto al precio que le pareciera, ello dependería de los atributos del mismo, es decir, del tamaño de las arepas, la forma, el empaque o los valores agregados que le incorporara, porque el productor tiene que correr el riesgo de su propia oferta, por su parte el cliente libremente decide su compra según su gusto y disponibilidad económica; lo que no podían los vendedores de arepas era imponer de manera concertada un nivel de precios, con la intención de engañar al público, asegurando altos ingresos y cuotas de mercado, aun con costos ineficientes, sin competir, porque la ausencia de competencia significa la dictadura de los proveedores y es claro que, en la economía moderna y en esta sociedad cada vez más preparada, es preferible la dictadura de los consumidores, por aquello de la voz del cliente, aunque no siempre tengan la razón.
La presente publicación incluye
imágenes libres tomadas de la red que no disponían de aviso de restricción y que
no han sido editadas en este blog, por lo tanto, sobre las mismas, no se
ejercen ni se reclaman derechos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario