Por James Cifuentes Maldonado
Asciendo al avión que hoy me llevaría a la ciudad de Medellín, una nave pequeña pero moderna de la empresa ADA; al abordar, el mismísimo piloto me indica que no hay asignación de sillas, es decir que me puedo sentar donde me plazca; elijo la fila al lado izquierdo, porque así aseguro que desde la altura en el despegue podré darle una mirada a mi casa de techo amarillo que se destaca en el verde del entorno del Pueblito Cafetero. Ya acomodado en mi lugar, veo que la auxiliar de vuelo revisa uno a uno los compartimentos donde se guardan los equipajes de mano, y seguidamente pregunta a cada uno de los pasajeros, si en el bolsillo del respaldo de la silla del frente, puede haber quedado un celular que se ha reportado como olvidado por un viajero del vuelo anterior.
Los pasajeros buscamos afanosamente y con diligencia el aparato, como si fuera nuestro, pero la búsqueda es infructuosa, el preciado artículo no aparece y se nota el rictus de angustia de la auxiliar, porque justamente el vuelo no sale, en espera de encontrarlo, y llevamos ya tres minutos parqueados listos para el carreteo; por si las moscas, volvemos y damos otra revisada y … ¡BINGO¡ …el celular aparece, lo ha encontrado una pasajera que está sentada al lado de mi silla; el aparato estaba oculto entre la separación de los dos asientos de cuero; la reacción es general, de alegría, incluso varios pasajeros alcanzan a aplaudir, unos con determinación y otros tímidamente como si dudaran de si hay motivo o no para el alborozo; el hecho es que todos estamos contentos; la auxiliar toma el celular y lo lleva presurosa a la cabina y lo entrega al piloto quien a su vez se lo pasa por la ventanilla a un miembro del personal de tierra, quien inmediatamente corre a entregarlo a su dueña, y digo la dueña porque el aparato es de color rosado y además porque al final del corredor de la pista hay una dama con los ojos desorbitados esperando la noticia sobre si su apreciado elemento apareció o no apareció. No alcanzamos a ser testigos del momento en que la despistada dama recibe su teléfono pero suponemos que ha sido de júbilo, porque nos imaginamos que pudo haber sido a nosotros a los que se nos hubiera perdido y eso indudablemente, hoy por hoy, sería toda una tragedia.
Esta historia es en apariencia fútil, banal y frívola, pero en realidad es de lo más trascendental, de acuerdo con las prioridades del mundo moderno en el cual el teléfono móvil no es un artículo de primera necesidad, es más que eso, es una especie de apéndice del cuerpo, soldado a nuestras manos, al punto que ya no imaginamos la vida sin nuestro teléfono y, si lo perdemos de vista, es como si quedáramos desnudos y además aislados del universo, totalmente incomunicados; es un horror; por eso, perder el teléfono y recuperarlo, aunque no pareciera justificado, actualmente en nuestros nuevos estándares y valores, es todo un motivo de felicidad.
¿Alguna vez han notado ustedes, la expresión del rostro de una persona que, metiendo la mano a su bolsillo o su cartera, no encuentra el celular? Los gestos son desencajados y desesperados, como si se le hubiera perdido un hijo; pareciera una exageración, pero así es; perder el teléfono móvil es una fatalidad, no sólo por el costo de la reposición, sino porque, el tiempo en que nos quedamos sin ese bendito aparato, es verdaderamente aciago, como si quedáramos fuera de circulación.
Hoy por hoy, el uso del teléfono móvil va más allá de nuestras necesidades domésticas o de trabajo, es nuestra conexión permanente con la sociedad, es la ventana que nos mantiene vigentes, que supuestamente nos mantiene al tanto de lo que pasa, pero al mismo tiempo, paradójicamente, nos mantiene tan ocupados o tan alertas, que se ha convertido en el mayor distractor y en un elemento absolutamente perturbador, que ha hecho que las personas estemos dejando de vivir la vida en vivo y en directo.

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