Por James
Cifuentes Maldonado
Mucho me he
cuestionado el fin que persiguen los malos con su maldad, cuando ésta no tiene
un contenido político ni filantrópico, como la del guerrillero o la de Robin
Hood, que en teoría giran alrededor de la justicia social, y he llegado a creer
que el delincuente común, los psicópatas, los terroristas, los estafadores, y en
general los corruptos y los antisociales que han decidido vivir de esa manera,
no tienen un propósito diferente a imponer de manera extrema y caprichosa su
voluntad, actuando al margen de la ley,
de la ley de los hombres y aun de la ley de Dios, para procurarse un estatus que
no tendrían siendo buenos, entiéndase siendo normales y anónimos; porque
paradójicamente los malos suelen tener
su propia idea, y bien arraigada, de la voluntad divina siendo la misma parte
de su desafío; es decir que el malo no solo vive para contradecir a las
instituciones sino también al “todo poderoso”; básicamente los malos, movidos
por la mezquindad, buscan poder, placer y reconocimiento, a como dé lugar, sin
ideales, por el camino más corto, generalmente por la vía del fraude y la
violencia, para generar sensación y desazón,en un proceso que casi nunca tiene
retorno.
El perverso sabe
de su perversidad y tiene claro que al final no saldrá bien librado de sus
acciones, ni de su tiranía, pero persiste en él un deseo de probarse hasta
dónde puede llegar, de saber hasta cuándo se puede burlar de Dios y de “los
buenos”. Que el malo y el tirano caigan será
siempre cuestión de tiempo y dependerá no tanto de la fuerza represiva del
Estado sino de la solidez moral de la sociedad, la sociedad que no puede
validar la maldad y la ilegalidad con su apatía y su indolencia, porque como
alguien dijera “lo más malo de la gente mala es la indiferencia de la gente buena”.
La realidad es
que lo único que hay para hacer es mantener la maldad en sus mínimas
proporciones, porque es una manifestación humana imposible de erradicar, ya que
obedece a una ley natural, aquella que determina la necesidad de la
coexistencia de los contrarios, porque sin arriba no hay abajo, porque no hay
forma de juzgar a los malos sino hay buenos para compararlos; entendiéndose por
buenos a todos aquellos individuos que han escogido el camino de la honradez y
la decencia, como una regla y una forma civilizada de convivencia, a los que
han reconocido el valor de recorrer su existencia por el camino largo, con las
dificultades y tropiezos que le son propios, para saborear con orgullo y
tranquilidad las mieles del éxito bien conseguido. Porque como dice mi madre en
su fino y genuino criterio, extractado de la sabiduría popular “lo
que por agua viene por agua se va” y “el que paga lo que debe sabe lo
que tiene”.
PDTA. Bueno no
es propiamente aquel que va a misa, sin falta, los domingos y, no siempre, el malo
es el que la sociedad señala.

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