Por James Cifuentes Maldonado
A propósito de varios artículos y comentarios que he visto en periódicos y en redes sociales, que ponen en entredicho la salud mental del expresidente Uribe, hoy senador y líder del puro centro antidemocrático, hay que decir, por lo que dice la historia, que ese señor, desde muchacho, siempre tuvo su aire camorrero y, cuando tuvo la oportunidad, se apropió de la causa de la guerra bajo el pretexto de ser víctima, pero actuando más como defensor de los que no quieren que este país cambie, porque se sienten cómodos con un orden basado en el militarismo y la violencia y no les conviene un Estado progresista y más justo. Se le pone a uno la piel de gallina de pensar cómo este señor, aplazador del gustico, posó durante tantos años como liberal, teniendo de godo y de sectario hasta el tuétano de los huesos.
Este señor siempre ha sido un problema y lo seguirá siendo por mucho tiempo porque, para colmo de males, ya se hizo anciano y en vez de estar en su hacienda disfrutando un noble y digno retiro, anda como un loquito renegando de todo, atravesándose en todo lo que le suene a paz y reconciliación, rumiando rabia y resentimiento y matoneando a los que no están de acuerdo con su doctrina del “todo se vale” por los "altos intereses de la patria" que en verdad son sus propios intereses, abusando de las últimas gotas de poder que le dan los amigos a los que enriqueció en sus años de gobernador de Antioquia y presidente de Colombia.
Tenemos Uribe para rato, subido aun en el pedestal que le construyeron las viejitas rezanderas y los incautos que se comieron el cuento de trabajar, trabajar y trabajar, con su acento paisa aparentemente pausado pero vehemente y peligroso, que esconde un lobo con piel de oveja; y por supuesto, trabajar es lo que le va a tocar a mucha gente, porque Alvaro Uribe es el autor intelectual de muchos de los retrocesos en materia laboral y de seguridad social en los últimos 20 años en este país en el que pensionarse se ha convertido en la nueva modalidad del sueño americano.
Tenemos Uribe para rato, subido aun en el pedestal que le construyeron las viejitas rezanderas y los incautos que se comieron el cuento de trabajar, trabajar y trabajar, con su acento paisa aparentemente pausado pero vehemente y peligroso, que esconde un lobo con piel de oveja; y por supuesto, trabajar es lo que le va a tocar a mucha gente, porque Alvaro Uribe es el autor intelectual de muchos de los retrocesos en materia laboral y de seguridad social en los últimos 20 años en este país en el que pensionarse se ha convertido en la nueva modalidad del sueño americano.
Ahora resulta que, en una extraña solidaridad, Uribe - el rabioso -, le sale al paso a cuanta opinión no sea de su gusto, así el asunto no sea con él, como en el incidente del profesor de la Libre en Pereira. A mí, que suelo recorrer las carreteras de mi comarca en bicicleta, Uribe me hace recordar a esos perros criollos de finca que se echan en el frente de su casa a esperar que pasen los ciclistas para ladrarles y perseguirlos, por el mero gusto de que el ciclista se asuste, patalee y corra.
Francamente esa vaina de andar amedrantando periodistas, amenazando profesores, llamando terroristas a todos sus contradictores y regañando hasta a sus propios escuderos en público, no le queda a una persona que, con razón o sin razón, representa la ideología de tanta gente que le alcahuetea y lo secunda; especialmente no es digno de quien encarna las banderas de la oposición política, en un país que se desangra por la ramplonería y la intolerancia.
Francamente esa vaina de andar amedrantando periodistas, amenazando profesores, llamando terroristas a todos sus contradictores y regañando hasta a sus propios escuderos en público, no le queda a una persona que, con razón o sin razón, representa la ideología de tanta gente que le alcahuetea y lo secunda; especialmente no es digno de quien encarna las banderas de la oposición política, en un país que se desangra por la ramplonería y la intolerancia.
Soy consciente que este artículo es uno más de miles que se han escrito para cuestionar a un personaje que se ha engrandecido y se ha hecho fuerte precisamente por el protagonismo que le han dado, más por célebre y controversial que por su estatura como estadista, más por las polaridades y las intrigas, que estratégicamente genera, que por su capacidad de construir país, aunque, hasta para ofender, difamar y desprestigiar, lo haga, en nombre de la patria; porque la clave en todo caso, después del 7 de agosto 2010, ha sido no pasar un solo día inadvertido en los medios, en esa permanente y delirante carrera por recobrar el poder que se le volvió esquivo, porque peló el cobre, porque vive raboneado y no ahorra tiempo ni esfuerzos para borrar con el codo lo que hizo con la mano, con la mano fuerte y el corazón grande, grande por la ira y la soberbia.
Pero me importa un pepino que mi opinión no haga la diferencia y sea una más; bien vale la pena asegurarnos de que, todo cuanto haya que decir de Varito, se diga, que quede bien documentado, no vaya ser que mañana se nos olvide y, cuando se muera, terminemos “engalanando” cada plaza de cada pueblo de Colombia con una estatua suya, montado a caballo y tomando tinto, que ha sido su mayor gracia.

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