Por James Cifuentes Maldonado
Como
principio de vida tengo que siempre hago el mayor esfuerzo por ver y entender
las cosas que hacen los seres humanos de la mejor manera; procuro que la
tentación por prejuzgar no nuble mi objetividad o me hagan perder el mensaje
valioso de todo lo que hacen y dicen las personas con quien interactúo, y, les
confieso, esa actitud me ha dado buenos resultados.
Tengo
por premisa que, si he de hacer una crítica no favorable de algo o de alguien,
pueda primero disponer del inventario de las cualidades o aspectos positivos de
ese algo o de ese alguien y, así, es muy probable que el resultado sea que mis
cuestionamientos no sólo sean ponderados sino que sean, además, bien recibidos
y asumidos de manera constructiva.
En
el ánimo de comprender el suceso noticioso de esta semana, esto es, la
anunciada adhesión de Juan Manuel Arango y Martha Elena Bedoya a la aspiración
del señor Israel Londoño de repetir como alcalde de Pereira, hecho que sacudió
a la opinión pública, por lo desconcertante, por lo inesperado y por lo extremo
y antagónico de las posiciones fijadas en el pasado por los protagonistas de
dicha alianza, quiero creer que se trata de una muestra más de la evolución de
las prácticas políticas en nuestro país y particularmente en nuestra comarca en
la cual los discursos y las propuestas ya no obedecen a hitos o mojones
inamovibles ni a posiciones sectarias.
Quiero
creer que la motivación de todos los involucrados en esta sorprendente unión es
genuina, inspirada sólo por los altos intereses de la ciudad y de ninguna
manera por reencaucharse en los escenarios del poder.
Quiero
creer que este pacto, con tintes de reconciliación liberal, obedece a fines
nobles de tolerancia y de suma de fuerzas orientadas a concluir y a consolidar
los últimos 8 años de administración local, llenos de pugnacidad, en los que se
ha hecho complejo el ejercicio del gobierno.
Quiero
creer que se trata de una forma de zanjar la aparente confrontación de clases
que se generó con la hegemonía política del senador Enrique Soto, que con todo
y lo que de él se pueda decir, representa una realidad política de la región y,
para bien o para mal, alrededor del señor Soto gravitan innumerables
iniciativas e intereses de la ciudad de Pereira cuya consistencia y continuidad
deben asegurarse, como es el caso de la remodelación del aeropuerto y la puesta
en funcionamiento del parque Ukumarí, para mencionar sólo dos de los proyectos
más emblemáticos de los últimos años que han salido adelante a los empujones y nadando
contra la corriente.
Quiero
creer que es una movida bien intencionada para mantener el poder, para resarcir
todo lo que no ha quedado bien hecho, para completar lo inconcluso y consolidar
las buenas iniciativas del alcalde saliente Enrique Vásquez y del mismo Israel
Londoño que dejó materias pendientes como la del espacio público y la
movilidad.
Y
quiero creer todo esto así, porque es la única forma que tengo de asimilar una
jugada que es extraña y naturalmente despierta toda clase de dudas y
suspicacias; es la única forma que tengo de mantener la fe en mis dirigentes y
en las instituciones. Es la única forma de no confundirme por la aparente
incoherencia de nuestros políticos; para creer, al menos en esta ocasión, que a
Israel y sus nuevos escuderos no los mueve el oportunismo ni la componenda,
sino el más legítimo derecho de unirse para concluir un proceso y una era
política marcada por los sobresaltos, por decirlo de la mejor manera, como es
mi estilo.

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