Desde la adolescencia, y aun ya entrados en la
madurez, la libertad es un estado ideal que anhelamos y por el que peleamos y
nos enfrentamos a muchas personas que amamos y que incluso abandonamos, por el
conflicto que genera defenderlo; pero, cuando alcanzamos ese estado, nos encontramos
con que no tenemos claro para qué era que lo queríamos; porque sucede que la
libertad, sin un marco que la defina, puede ser tan grande y tan amorfa que puede
hacernos perder las referencias y desencadenar en que, al final de nuestros días,
nos sobre tanto tiempo y nos quede tanto espacio que ser tan libre pierde gracia
y sentido.
Se me ocurre que la total libertad, aquella que concebimos en solitario,
sin nadie que nos espere, nos reclame o nos controle, es como un inmenso
camisón que nos queda demasiado holgado, tanto que finalmente nos incomoda y
terminamos ajustándolo, con gusto, para que nos quede al cuerpo, no
importándonos la tela que debamos recortar y desechar; bajo este mismo
principio es que los individuos nos comprometemos, por eso es que nos casamos,
por eso es que tenemos hijos y construimos una familia, para eso es que
trabajamos; todas esas cosas juntas, amalgamadas con el amor, constituyen el
mérito de la pérdida voluntaria de la libertad.
Porque la
libertad sin las condiciones que impone la vida en pareja o al interior de un
hogar, termina siendo un campo estéril
sobre el que no es posible construir ni sembrar, porque son precisamente los límites
y las medidas las bases necesarias para edificar una obra y una existencia que
se revierta en frutos; porque sin amor y sin sacrificios no hay dirección ni
norte y, por tanto, para las personas que caminan solas por el mundo, aunque
puedan darse cierto tipo de realizaciones, será más complejo el camino hacia la
plenitud.
Resulta pues que el concepto de libertad que subyace
fundamentalmente en la posibilidad de autodeterminarnos cobra mayor valor si está
ligado a un proyecto, a un objetivo que nos permita trascender, objetivo que
generalmente no logramos a solas o por lo menos no sabe igual si no tenemos un
equipo o una familia con quien desarrollarlo y
compartirlo.
Podremos ser entonces libres para llegar a casa tarde
o no llegar, para ahorrar todo el sueldo o dilapidarlo en una noche, podremos
ser libres para limpiarnos el sudor con las cortinas, porque son nuestras y
vivimos solos, pero la cuestión es, para qué nos sirve esa forma de libertad.
Llegará un día, cuando ya no seamos tan impetuosos,
cuando la piel ya no esté tan firme y nuestros huesos ya no sean tan fuertes,
un día, cuando seamos vulnerables, un día en el que la libertad tendrá otro
significado. Llegará un día en el que la idea de libertad será tan simple, tan
básica que podrá consistir en el mero hecho de poder levantarnos de la cama sin
apoyo o ir al baño sin ayuda;… para cuando llegue ese día, yo no quiero estar
solo.

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