Por: James Cifuentes Maldonado.
Álvaro Uribe, pasará a la
historia, como un político que rompió muchos esquemas; pero el que resulta más
llamativo, por lo cuestionable, es no haber querido tomar su sitio como
EXPRESIDENTE, y seguir dando lora (guerra política) con sus tres huevitos. En esto corre el riesgo de desdibujar su
imagen de prócer nacionalista e incluso restarle lustre institucional a la
figura de los expresidentes.
Históricamente los presidentes,
luego de su gobierno, han dado un decoroso paso al costado, para que la vida
nacional siga, y se dejan ver ya como EXPRESIDENTES precisamente cuando la
nación a través del Gobierno los reclama, en su condición de asesores de
primerísimo nivel, como faros y casi que casi que como oráculos, como era el
caso de López Michelsen, y entiendo que de Lleras Restrepo. Es tan así que, como expresidentes, han sido
respetables incluso los más discutidos en el pasado reciente: Turbay con su
Estatuto de Seguridad, Belisario con la toma del palacio de justicia, Gaviria
con su Catedral, Samper con su elefante y Pastrana con su Caguán. Es obvio que Uribe con sus chuzadas, con su
AIS, con sus desmovilizaciones sospechosas de paramilitares, con sus falsos
positivos, con sus golpes al régimen laboral, a la salud, y muchos otros
lunares, no quiere dar ese paso al costado, para que la historia lo juzgue.
En este sentido es posible que
Héctor Abad, tenga razón, Uribe no se quiere ir, porque tras de sí ha quedado
todo un entramado de dudas y de sombras, que solo es posible tapar y controlar,
teniendo el poder en sus manos. …¿hasta cuándo? Esperaría uno que si Oscar Iván
Zuluaga, llega a ganar el próximo 15 de junio, se sepa desmarcar de ese
capricho y de ese delirio y ejerza su papel con criterio propio e independencia, pero yo sé que
eso es mucho pedir.

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