Por: James Cifuentes Maldonado.
Además de ser un
delicioso aderezo de repostería, la mermelada en estos tiempos modernos es la
argamasa que sujeta las estructuras de los partidos y directorios políticos y
mantiene viva la gestión y el interés de los dirigentes colombianos.
En un pasado no muy
lejano a esa "mermelada" la llamaban auxilios parlamentarios y la
llamaban cuotas burocráticas, y la llamaban embajadas, y la llamaban ministerios, y eso era de lo más normal, nadie se escandalizaba
ni se rasgaba las vestiduras por el reparto que se hacía. Es más, era
perfectamente normal que con los cambios de gobierno y según los resultados
electorales, a los puestos públicos entraran unos y salieran otros y que los
parlamentarios reclamaran lo suyo para repartir en la comarca y sacar pecho
ante la comunidad para amarrar los votos de las siguientes elecciones.
Yo no sé en que momento
los políticos se volvieron tan dignos, hasta los que en su cuarto de hora
repartieron notarías, y se dedicaron a atacar al gobierno de turno por una
práctica que, pensándolo bien es inherente a la democracia, ya que es natural
que los victoriosos en el sagrado arte de elegir y ser elegido tengan la
recompensa para sus maquinarias que de una u otra forma trabajan por una causa, lo cuestionable es cómo se reparte el botín y
pensaría uno que lo ideal es que las oportunidades de empleo, de inversión y de
contratación que genera la actividad estatal se asignaran en lo posible por
meritocracia. Pero ese es un mero ideal de soñadores como yo.
Por lo tanto, creo que el cuento de la
mermelada es pura hipocresía y berrinches de los nostálgicos de poder, porque
en Colombia ningún partido y ningún político tiene autoridad moral para armar
aspaviento. La mermelada se ha ha vuelto en un pretexto más para hacer guerra sucia en esta campaña política 2014 venida a menos por cuenta de los columnistas de bolsillo y los jefes de debate que se multiplicaron como nunca antes se había visto, recorriendo los rincones de la patria en simultánea nacional pescando votos, para canjearlos luego... por mermelada.
Aquí aplica esa sabiduría popular que dice "lo malo de la
rosca es no estar en ella", así como lo malo de la mermelada es que no se reparta en todas las tostadas.

James definitivamente me tienes convencido de que te equivocaste de carrera y trabajo. Debiste ser columnista en un gran diario de tiraje nacional. Pienso que no puede ser mejor tu definición de "mermelada"...abrazo y sigue escribiendo así !!!!
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