Por: James Cifuentes Maldonado
Somos
un país tan ansioso de grandeza, de reconocimiento, de orgullo, de unidad y de
identidad nacional, que hemos encontrado excusa en cualquier hecho positivo y sobresaliente de nuestros compatriotas, para sacar a
borbotones toda esa colombianidad represada y aplazada por circunstancias negativas,
en un país que, primero, no ha sabido vivir en paz y, segundo, por cuenta del
narcotráfico ha debido cargar duros estigmas que le han cerrado puertas a sus
ciudadanos en muchas partes del mundo.
En
el fondo, es igual si uno de los nuestros es campeón mundial de trompo o de
dominó, si gana una carrera de encostalados o en la fórmula uno, si gana el giro
de Italia o gana el premio Nobel, si gana el certamen universal de belleza, un
partido en Roland Garros o hace el gol
más bonito en un mundial, lo verdaderamente importante es que ese colombiano muestre lo mejor
de nosotros, que nos haga sentir valiosos y, sobre todo, que nos recuerde que somos
más que guerra y mucho más que ese estereotipo de mafia y de maldad que
muestran las series de televisión, series que irónicamente nosotros mismos producimos y
vendemos a otros países para que luego en las calles y en los aeropuertos nos reconozcan, nos miren con prevención
y nos discriminen. Eso es, como diría un amigo mío, "prestar el martillo para
que nos machuquen los dedos".
Hoy
casi todos los colombianos saboreamos ese pedacito de gloria que nos ha dado la
Selección de futbol con su desempeño en Brasil, y que nos ha dado James
Rodríguez con su mera llegada a un equipo grande como el Real Madrid, aun sin
jugar un solo partido y sin meter un solo gol.
Ahora, que dentro del deporte sea precisamente el fútbol el que nos tenga
en esta euforia de más de un mes, es un hecho circunstancial, porque perfectamente podría serlo
el patinaje, el ciclismo, el boxeo o el atletismo, pero no, es el Futbol, una
disciplina que ha trascendido de ser un mero deporte a ser una gran pasión,
casi una religión, pero más que eso, el fútbol es un gran negocio y una gran
organización capaz de doblegar gobiernos y fabricar Dioses, de un día para
otro, para alimentar el hambre de felicidad y causar el delirio de los incultos, que es de lo más
normal, pero también de los cultos y de los colombianos más preparados y pensantes,
que se supone deberían ver la cosa con más sangre fría, pero no hay caso, la
histeria es general, esto es igual para los rasos y para los intelectuales, para los creyentes y para los inconversos, para los pobres y para los ricos.
Y
no es para menos, el orgullo que nos ha dado ahora el futbol es lo más
democrático y lo más nuestro que hemos tenido en este país en toda su historia,
más que la seguridad de Uribe y la prosperidad de Santos; y es mucho más
significativo ese orgullo, porque lo podemos gozar todos por igual, sin
importar el apellido ni el estrato social, con el solo hecho de enfundarnos una camiseta,
roja o amarilla, original o chiveada, y sentarnos a ver
un partido del mundial, o como hoy, paralizándonos frente a un televisor para
ver la presentación de James Rodríguez en el Real Madrid, cosas que tal vez, en
otro país, más desarrollado y menos golpeado por la desesperanza, serían de lo más normal.
Por lo pronto quedémonos en Colombia, y digamos que para nosotros, ver un estadio europeo, repleto de personas, con transmisión en vivo y en directo para el mundo, ovacionando a un coterráneo, es lo máximo y eso a muchos les aflojó la lágrima, la misma lágrima que yo luché por contener, porque sentía que era indigno e indebido, considerando otras noticias más sensibles y más humanas, como las de Medio Oriente o las de Ucrania.
Esa apoteosis y ese honor de hoy en el Bernabéu, los quisieran muchos colombianos supuestamente más encumbrados que ese muchacho noble y sencillo, y además talentoso, nacido en Cúcuta, criado en Ibagué y pulido para el futbol en Envigado, llamado James Rodríguez, cuyo segundo apellido desconozco, porque no se si es que simplemente no lo usa o es que no lo tiene.
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