Científicamente
la ingesta de alcohol es una afrenta física al cuerpo, que las culturas, a lo
largo de la historia, en casi todos los pueblos, en casi todas las
idiosincrasias, no solamente han tolerado, sino que además han consentido y legitimado,
como una forma práctica de alegrar el alma; el camino corto y artificialmente
mágico para que el espíritu vuele con el piloto automático de los instintos, en
reuniones y aun en soledad.
Mi
observación y mi propia experiencia en el ejercicio de doblar el codo, me
indican que son muchas las razones y pretextos que la gente antepone para
justificar la prenda y hasta la rasca.
El
trago gourmet y gastronómico, acompañante de carnes, mariscos, aves y pescados,
como aperitivo primero y como digestivo después, en francachelas y comilonas;
solo que generalmente se pierde la cuenta de las copas y los descorches de las
botellas y el comensal se levanta de la mesa sin saber de quién es vecino.
Por
otro lado el consumo de licor ha estado muy ligado al gusto musical, porque
música y trago constituyen una combinación evocadora, nostálgica que permite, a
muchos, recrear y sentir los pasajes más significativos de la vida pasada,
necesariamente más intensos y más vibrantes que la presente, por las obvias
razones del declive de la belleza y la fuerza, incluso del éxito.
La
bohemia, ambientada por romances, poesía y canciones se vale del licor como una
mecha lenta que enciende las pasiones y abre la caja de pandora de nuestro
subconsciente y nos permite desinhibirnos, como sobrios jamás lo haríamos, como
una forma de soltar las cadenas de los mil ángeles y demonios que batallan en
nuestro interior.
En
un ámbito más profano y menos etéreo, algunos solo beben porque llegó la
quincena, para celebrar la dicha o ahogar las penas, por la vejez o la juventud,
porque alguien nació o alguien murió, para distraer la adversidad, para
perderse en el tiempo, para que todo suceda más rápido, o para consumir la
noche, para estimular el erotismo o para sofocarlo, para hacer el amor o para
asesinarlo, para disfrazar la tristeza de alegría o, simplemente, para
socializar y nivelarse por lo bajo con el resto del mundo en el carnaval de la
vida.
Otros,
muy pocos, los raros, escogen jamás tomar una copa, literalmente por salud,
para para estar siempre presentes, para tener siempre el control, para ser
testigos de todo, para no perderse ni un instante de su existencia y estirar la
vida, porque no temen, ni les aburre, estar permanentemente cabales y
conscientes.
Entonces
¿Por cuál motivo bebe usted?

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