Por James Cifuentes Maldonado
En mi sentir, más que en mi entender, hay
varias clases de uribistas: unos, la gran mayoría, lo son porque creen
genuinamente en el imperio de la ley y en el uso de la fuerza, como primera
alternativa para la conservación del orden y las instituciones, porque son personas
correctas y consideran, de buena fe, que Álvaro Uribe también lo es; para esa
clase de uribistas, todo mi respeto, porque representan una filosofía y un
estilo de manejar las cosas cuyos resultados, al margen de las formas y de los
medios, suelen ser positivos en el corto plazo, aunque con efectos contrarios en
un horizonte más largo, indistintamente del escenario, ya sea en la casa, en la
escuela, en el trabajo o en la conducción de toda una nación.
La letra con sangre entra y eso no es nuevo,
es una corriente ideológica y hace parte de lo que se conoce como la DERECHA
POLITICA, y andar en esa dirección no es malo per se, siempre que no se llegue
a la ilegitimidad en el ejercicio de la fuerza o al extremo del delirio
nacionalista, donde termina siendo más importante defender la tierra de quienes
la poseen y la confianza inversionista, que proteger a la gente, donde acaba primando
la defensa del poder por el poder mismo.
Pero existen uribistas menos sofisticados y
más emocionales, que lo son, por la sola fascinación que les produce el
discurso frentero, altanero, desabrochado, piadoso, con acento paisa arrastrado
y en diminutivo que hace el caudillo, como cuando dice “estas carnitas y estos huesitos”, como cuando habla del
aplazamiento del “gustico”, como
cuando hace alusión al Estado como “La
patria”, en forma de permanente arenga, o como cuando, en esa simulada
falta de dicción, se empeña en referirse a las FARC como “LA FAR”, como si con ello intentara desvirtuar y negar la
existencia de ese grupo guerrillero; porque, francamente, decir “LA FAR”, en la forma que lo dice Uribe, es
como un desprecio, es como un asco, es como no decir nada, y eso obviamente
genera una consonancia y una simpatía, que coinciden con el bien ganado
desprestigio de esa anacrónica organización subversiva.
La historia muestra que Colombia es un país
pendenciero, anarquista, de pescadores en ríos revueltos, de oportunistas, de
patrias bobas, de guerras de mil días, de bogotazos, de “pájaros”, de chusmas,
cachiporros y chulavitas, de masacres en bananeras, en Macayepos, en Trujillos
y Salados, de operaciones Génesis, de Mapiripanes, de Carimaguas, de Agro
Ingresos Seguros, de chuzadas, de falsos positivos, de paracos, de mafiosos, de
articulitos, de notarías, de "te
pego en la cara marica"; de madres Lauras y Marianitos; de sables y de
camándulas; un país donde los potentados hacen lo que sea menester para
mantener el orden, en la forma en que ellos lo conciben, el statu quo, no importando a cuantos
pisoteen y desaparezcan, por los altos intereses de la patria, es decir, los
intereses de ellos.
Hay que decir, en justicia, que si bien la
inmensa mayoría de los colombianos, no hemos sido los determinadores sino las
víctimas de las desgracias y los males que, muy grosso modo, acabo de enumerar,
también hay que decir que nos hemos acostumbrado a los mismos y de alguna forma
hemos sido cómplices por omisión, por comodidad e indolencia, ayudando a perpetuar
así la espiral del terror y la violencia. Nos hemos comido el cuento de que el
terrorismo solo procede de los grupos armados irregulares, cuando también
existe el terrorismo de Estado, que puede ser la forma más depravada de la
violencia, porque se hace soterradamente, con el dinero de los contribuyentes,
contra los mismos ciudadanos que reclaman la protección del establecimiento,
como cuando el ejército se alía con los paramilitares.
Yo sueño con un día en el que no haya
uribistas ni antiuribistas; anhelo un país donde prevalezca el debate de las
ideas en función de las libertades, del bienestar y del progreso para todos los
ciudadanos, un país sin polarizaciones alrededor de un solo nombre, porque eso
desvía las atenciones y es un privilegio odioso que envanece, alimenta el ego, engolosina
y hace peligrosísimos a los líderes mesiánicos, sin importar si se hacen llamar
conservadores, liberales, demócratas, republicanos, castro-chavistas, del Polo
o de Regina 11; porque, como alguien dijera, el déspota es igual si es de
derecha o es de izquierda, de todos modos el pueblo queda jodido.
Mientras en Colombia, persista la
inestabilidad y la inseguridad derivada del conflicto armado, en la forma degradada
en que se ha desarrollado en los últimos 50 años, estarán dadas las condiciones
para que surjan nuevos caudillos, abanderados de la “mano fuerte y el corazón
grande”, con otros nombres y apellidos; ya no estará Uribe ni habrá uribistas,
y el uribismo será solo una anécdota, para algunos nefasta, para otros
grandiosa, un cuestionable referente de la historia sociopolítica de esta
nación facilista, en la que ha sido más popular y más “práctico” hacer la
guerra que la paz, someter antes que concertar, arrebatar antes que conceder;
así la guerra se extienda por otro medio siglo y pasen tres generaciones más
sin conocer las maravillas de vivir en un país reconciliado, con mayores
oportunidades, más competitivo, con mayores recursos y un contrato social más justo
y equilibrado.
Aunque parezca increíble, yo también me sentí
orgulloso por Uribe, alguna vez, cuando en una cumbre de UNASUR en Bariloche, Chávez,
Evo y Cristina, le querían hacer una emboscada a la dignidad de Colombia, y
nuestro Presidente, porque lo fue, sacó todo su talante y su garra y puso las
cosas en orden, en vivo y en directo para todo el continente. Pero esa fue una
situación animosa, visceral, de calentura, como cuando, en una pelea de vecinos,
nos vamos a los golpes por las travesuras de nuestros hijos y nos hacemos
partir la jeta y se la partimos al otro, aunque tengamos claro que el motivo no
valía la pena, o, en el peor de los casos, que el hijo de uno es el tremendo y
el calavera.

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