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sábado, 12 de septiembre de 2015

NO ES LO MISMO, Uribe que los uribistas





Por James Cifuentes Maldonado
 

En mi sentir, más que en mi entender, hay varias clases de uribistas: unos, la gran mayoría, lo son porque creen genuinamente en el imperio de la ley y en el uso de la fuerza, como primera alternativa para la conservación del orden y las instituciones, porque son personas correctas y consideran, de buena fe, que Álvaro Uribe también lo es; para esa clase de uribistas, todo mi respeto, porque representan una filosofía y un estilo de manejar las cosas cuyos resultados, al margen de las formas y de los medios, suelen ser positivos en el corto plazo, aunque con efectos contrarios en un horizonte más largo, indistintamente del escenario, ya sea en la casa, en la escuela, en el trabajo o en la conducción de toda una nación.

La letra con sangre entra y eso no es nuevo, es una corriente ideológica y hace parte de lo que se conoce como la DERECHA POLITICA, y andar en esa dirección no es malo per se, siempre que no se llegue a la ilegitimidad en el ejercicio de la fuerza o al extremo del delirio nacionalista, donde termina siendo más importante defender la tierra de quienes la poseen y la confianza inversionista, que proteger a la gente, donde acaba primando la defensa del poder por el poder mismo.

Pero existen uribistas menos sofisticados y más emocionales, que lo son, por la sola fascinación que les produce el discurso frentero, altanero, desabrochado, piadoso, con acento paisa arrastrado y en diminutivo que hace el caudillo, como cuando dice “estas carnitas y estos huesitos”, como cuando habla del aplazamiento del “gustico”, como cuando hace alusión al Estado como “La patria”, en forma de permanente arenga, o como cuando, en esa simulada falta de dicción, se empeña en referirse a las FARC como “LA FAR”, como si con ello intentara desvirtuar y negar la existencia de ese grupo guerrillero; porque, francamente, decir “LA FAR”, en la forma que lo dice Uribe, es como un desprecio, es como un asco, es como no decir nada, y eso obviamente genera una consonancia y una simpatía, que coinciden con el bien ganado desprestigio de esa anacrónica organización subversiva.

La historia muestra que Colombia es un país pendenciero, anarquista, de pescadores en ríos revueltos, de oportunistas, de patrias bobas, de guerras de mil días, de bogotazos, de “pájaros”, de chusmas, cachiporros y chulavitas, de masacres en bananeras, en Macayepos, en Trujillos y Salados, de operaciones Génesis, de Mapiripanes, de Carimaguas, de Agro Ingresos Seguros, de chuzadas, de falsos positivos, de paracos, de mafiosos, de articulitos, de notarías, de "te pego en la cara marica"; de madres Lauras y Marianitos; de sables y de camándulas; un país donde los potentados hacen lo que sea menester para mantener el orden, en la forma en que ellos lo conciben, el statu quo, no importando a cuantos pisoteen y desaparezcan, por los altos intereses de la patria, es decir, los intereses de ellos.

Hay que decir, en justicia, que si bien la inmensa mayoría de los colombianos, no hemos sido los determinadores sino las víctimas de las desgracias y los males que, muy grosso modo, acabo de enumerar, también hay que decir que nos hemos acostumbrado a los mismos y de alguna forma hemos sido cómplices por omisión, por comodidad e indolencia, ayudando a perpetuar así la espiral del terror y la violencia. Nos hemos comido el cuento de que el terrorismo solo procede de los grupos armados irregulares, cuando también existe el terrorismo de Estado, que puede ser la forma más depravada de la violencia, porque se hace soterradamente, con el dinero de los contribuyentes, contra los mismos ciudadanos que reclaman la protección del establecimiento, como cuando el ejército se alía con los paramilitares.

Yo sueño con un día en el que no haya uribistas ni antiuribistas; anhelo un país donde prevalezca el debate de las ideas en función de las libertades, del bienestar y del progreso para todos los ciudadanos, un país sin polarizaciones alrededor de un solo nombre, porque eso desvía las atenciones y es un privilegio odioso que envanece, alimenta el ego, engolosina y hace peligrosísimos a los líderes mesiánicos, sin importar si se hacen llamar conservadores, liberales, demócratas, republicanos, castro-chavistas, del Polo o de Regina 11; porque, como alguien dijera, el déspota es igual si es de derecha o es de izquierda, de todos modos el pueblo queda jodido.   

Mientras en Colombia, persista la inestabilidad y la inseguridad derivada del conflicto armado, en la forma degradada en que se ha desarrollado en los últimos 50 años, estarán dadas las condiciones para que surjan nuevos caudillos, abanderados de la “mano fuerte y el corazón grande”, con otros nombres y apellidos; ya no estará Uribe ni habrá uribistas, y el uribismo será solo una anécdota, para algunos nefasta, para otros grandiosa, un cuestionable referente de la historia sociopolítica de esta nación facilista, en la que ha sido más popular y más “práctico” hacer la guerra que la paz, someter antes que concertar, arrebatar antes que conceder; así la guerra se extienda por otro medio siglo y pasen tres generaciones más sin conocer las maravillas de vivir en un país reconciliado, con mayores oportunidades, más competitivo, con mayores recursos y un contrato social más justo y equilibrado.

Aunque parezca increíble, yo también me sentí orgulloso por Uribe, alguna vez, cuando en una cumbre de UNASUR en Bariloche, Chávez, Evo y Cristina, le querían hacer una emboscada a la dignidad de Colombia, y nuestro Presidente, porque lo fue, sacó todo su talante y su garra y puso las cosas en orden, en vivo y en directo para todo el continente. Pero esa fue una situación animosa, visceral, de calentura, como cuando, en una pelea de vecinos, nos vamos a los golpes por las travesuras de nuestros hijos y nos hacemos partir la jeta y se la partimos al otro, aunque tengamos claro que el motivo no valía la pena, o, en el peor de los casos, que el hijo de uno es el tremendo y el calavera. 

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