Por James Cifuentes Maldonado
Intentando dar una mirada realista y hacer
una catarsis, interpreto que los últimos acontecimientos en Colombia, que han
sacudido la opinión pública, representan el punto de inflexión de varias
realidades que socialmente debemos asimilar; por un lado, la fuerza
incontenible de la naturaleza humana, que nos dice que la homosexualidad es una
condición más normal y más frecuente de lo que sabemos y hemos podido aceptar y
que, ignorarla o rechazarla, genera efectos de encubrimiento, clandestinidad y
sordidez que constituyen el verdadero problema. Ser gay o lesbiana no es la
encrucijada, la tragedia es tener que esconderlo, porque, no solamente no los
entendemos, sino que, además, los estigmatizamos.
Por otro lado, se evidencia que la corrupción
no tiene límites y que el tráfico de favores sexuales o el acoso sexual son
solo unas de sus manifestaciones; que dicha corrupción es transversal y va más
allá de la condición de género, afecta de igual manera a hombres y mujeres y
está latente no solamente en la Policía, como lo ha dejado ver el actual
escándalo o el que acaba de darse en la Defensoría del Pueblo, sino que es pan
de cada día en la política, en el deporte, en las organizaciones religiosas, en
las empresas públicas y privadas, e incluso en las familias.
En la Policía Nacional, el cáncer hizo
metástasis por su modelo de funcionamiento en el cual el tema de los ascensos y
el control interno condujeron a la crisis, porque gravitan en una órbita
perversa en la que todos se tapan, muy pocos denuncian y las investigaciones no
llegan a ninguna parte, porque muchos investigados, por el rango y por el
mando, determinan la suerte de la carrera de sus subalternos con aspiraciones
de ser promovidos y, por tanto, guardan cómplice y conveniente silencio; al
parecer, así funcionan los códigos en la “comunidad del anillo”. Para colmo, a
este esperpento se le suma la cadena de proxenetismo y prostitución en la cual,
aparentemente, están involucrados algunos legisladores, cuando al congreso ya
no le cabe un desprestigio más.
Fenómenos mediáticos como el de la Policía
que ahora nos estremece o como los trapitos que recientemente le han asoleado
al Vaticano, con los curas pederastas, son apenas la punta del iceberg.
Ha llegado la hora de una gran reforma en la
cual la policía adopte su verdadero rol como cuerpo civil y no militar, para
que se aplique a su vocación que es el servicio a la sociedad. Ha llegado la
hora de que este país mojigato abra la mente y se deje de tanta hipocresía; de
alguna manera, ideológicamente hablando, toda Colombia tiene que salir del
clóset; ese sí que sería un gran paso para la paz.

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