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viernes, 4 de marzo de 2016

Colombia entera debe salir del clóset.





Por James Cifuentes Maldonado

Intentando dar una mirada realista y hacer una catarsis, interpreto que los últimos acontecimientos en Colombia, que han sacudido la opinión pública, representan el punto de inflexión de varias realidades que socialmente debemos asimilar; por un lado, la fuerza incontenible de la naturaleza humana, que nos dice que la homosexualidad es una condición más normal y más frecuente de lo que sabemos y hemos podido aceptar y que, ignorarla o rechazarla, genera efectos de encubrimiento, clandestinidad y sordidez que constituyen el verdadero problema. Ser gay o lesbiana no es la encrucijada, la tragedia es tener que esconderlo, porque, no solamente no los entendemos, sino que, además, los estigmatizamos.

Por otro lado, se evidencia que la corrupción no tiene límites y que el tráfico de favores sexuales o el acoso sexual son solo unas de sus manifestaciones; que dicha corrupción es transversal y va más allá de la condición de género, afecta de igual manera a hombres y mujeres y está latente no solamente en la Policía, como lo ha dejado ver el actual escándalo o el que acaba de darse en la Defensoría del Pueblo, sino que es pan de cada día en la política, en el deporte, en las organizaciones religiosas, en las empresas públicas y privadas, e incluso en las familias.

En la Policía Nacional, el cáncer hizo metástasis por su modelo de funcionamiento en el cual el tema de los ascensos y el control interno condujeron a la crisis, porque gravitan en una órbita perversa en la que todos se tapan, muy pocos denuncian y las investigaciones no llegan a ninguna parte, porque muchos investigados, por el rango y por el mando, determinan la suerte de la carrera de sus subalternos con aspiraciones de ser promovidos y, por tanto, guardan cómplice y conveniente silencio; al parecer, así funcionan los códigos en la “comunidad del anillo”. Para colmo, a este esperpento se le suma la cadena de proxenetismo y prostitución en la cual, aparentemente, están involucrados algunos legisladores, cuando al congreso ya no le cabe un desprestigio más.

Fenómenos mediáticos como el de la Policía que ahora nos estremece o como los trapitos que recientemente le han asoleado al Vaticano, con los curas pederastas, son apenas la punta del iceberg.

Ha llegado la hora de una gran reforma en la cual la policía adopte su verdadero rol como cuerpo civil y no militar, para que se aplique a su vocación que es el servicio a la sociedad. Ha llegado la hora de que este país mojigato abra la mente y se deje de tanta hipocresía; de alguna manera, ideológicamente hablando, toda Colombia tiene que salir del clóset; ese sí que sería un gran paso para la paz.

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