Por James Cifuentes Maldonado
Abordé el bus de la paz de Juan Manuel Santos, sin detenerme mucho a
pensar en el confuso pasado político o las ambiciones personales del Presidente,
sin preocuparme de si ganaría o no el premio Nobel; lo hice con el más genuino
ideal, tal vez ingenuo, de que había llegado el momento y que los colombianos
le “cogeríamos la caña” a las FARC, convencido, por la pureza del pañuelo
blanco que siempre he tenido preparado para celebrar el fin de la guerra, de
que en La Habana habría mucho para ganar y poco que perder, luego de tanto
desangre y de tanta desgracia, creyendo que la paz era una propuesta que se
vendía sola.
Me ilusioné con este audaz proceso, aun con la frustración latente del
Caguán y las heridas abiertas de los falsos positivos y la sospechosa
desmovilización paramilitar; seguí adelante como lo hace la madre
paciente que le da una y mil oportunidades al hijo calavera para cambiar, que
no renuncia, porque nunca deja de creer en él; lo hice consciente de que
RECONCILIAR no es lo mismo que PACIFICAR; que la paz, como lo ha planteado
Densho Quintero, el monje budista colombiano, no es algo que se logre con
acuerdos formales, sino con la íntima disposición de cada compatriota. Alimenté
la esperanza, aun cuando la historia muestra que el apaciguamiento en los conflictos
políticos normalmente no llega con el intercambio conceptual o la transacción
de ideas, sino con la victoria del más fuerte y el aniquilamiento de la parte
vencida. Lo hice por desmemoriado, porque olvidé que en Colombia no somos “ni
chicha ni limoná”.
El proceso de la Habana está moribundo por una complicación de males,
por los golpes oportunistas de los enemigos del progreso y la justicia social,
que han cobrado por ventanilla la crisis institucional desatada por los
infortunados capítulos de la “comunidad del anillo” en la Policía Nacional, el
escándalo de faldas en la Defensoría, la sobreactuación del Fiscal, el
descuadre en REFICAR, la venta de ISAGEN, el zika, el fenómeno del “niño”, la
caída del petróleo, la subida del dólar y hasta un incendio en Guatapé
que nos tiene al borde de un apagón.
La paz, sin nacer, está siendo abortada por la oposición rabiosa de
Uribe y los “furibistas” que han abandonado su rol de construir país desde el
sano disenso y han optado por incendiarlo todo, en nombre de una falsa premisa
democrática que no es más que un anhelo de poder de ultraderecha, llevado a
niveles irracionales, cuestionándolo y mediatizándolo todo, hasta las causas
crimínales de sus protegidos, para confundir a la opinión pública, para pescar
en río revuelto y blanquear unos capitales políticos de dudosa y oscura
procedencia.

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