Por James Cifuentes Maldonado
Siempre me ha llamado la atención el fervor con el que
se ama y se reconoce a las mamás y la dispar intensidad de la celebración de su
día, comparada con la fecha que se dedica a los padres, que no tiene una marca ni
una trascendencia igual en el calendario.
El Día de la Madre es todo un acontecimiento que se
resume en flores, regalos, besos, abrazos, almuerzos, licor, canciones, risas y
llanto. Si queremos ir a un restaurante, debemos reservar, o soportar largas
esperas, tanto para la mesa como para el servicio, que generalmente es caro y malo.
Por eso muchas familias no se salen del plan acostumbrado en casa, con el
tradicional sudado de pollo, el sancocho o el asado de las tres carnes.
La fecha está llena de emociones, por un lado mucha
alegría por las mamás que aún están vivas, pero también gran nostalgia por las que ya se fueron, dejando a unos hijos tristes
pero tranquilos porque cumplieron y a otros, los calavera, con grandes pesos en
la conciencia; entre unos y otros, primero hay celebración y luego la
remembranza de hechos pasados y tormentosos, que conlleva a los reclamos; es
como si la mamá fuera el tamiz de todas las pasiones familiares.
Como resultado de los contrastes que se generan, cuando
todos los hijos se reúnen, muchas de las fiestas de las madres terminan en riñas;
de hecho las estadísticas muestran que el segundo domingo de mayo no solamente
es importante para el comercio sino que, además, es crítico para el sistema de
salud, y por ello clínicas y hospitales se alistan en alerta naranja.
La madre es el comienzo y es el fin, alrededor de ella
se funda la familia y generalmente cuando ella desaparece, se rompe ese hilo
conductor que mantiene la cohesión del clan. La madre es amor, es trabajo, es
abnegación, es sacrificio, es renuncia, es permanente incondicionalidad; también
es perdón y alcahuetería, por eso es la favorita.
La madre es semilla, dulzura y cobijo, para toda la
vida; el padre, en principio, es el fecundador que, cuando no niega su
responsabilidad o no se va de la casa, representa la autoridad, la fuerza y la
sabiduría, necesarios para templar el carácter de los hijos, pero, en todo caso,
su fiesta y su reconocimiento, el tercer domingo de junio, no son tan grandes,
con algunas excepciones.
Por todas estas connotaciones, desde que una mujer llega
a ser madre hasta que muere, como eje de la familia y por la conexión umbilical
que nunca pierde con sus hijos, popularmente se dice que “madre no hay sino una”, y
en la otra cara de la moneda se sentencia que “padre puede ser cualquiera”.

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