Por
James Cifuentes Maldonado
Llegué
a casa, a eso de las 11; puse a enfriar el vino, y mientras tanto saqué los
instrumentos.
Con
toda la mística instalé la parlantería y los demás fierros y cuando ya
estuvieron listos, invoqué a Chico Buarque, quien apareció al instante y se
aplicó en cantar sólo para mí.
Retiré
el corcho de la botella y llené el fondo de la copa, para disfrutar la
explosión de aromas que desprendía el preciado líquido al girar, luego hidraté
mi garganta con él, dejé volar un pensamiento por mi hermana, a 8135 kilómetros
de distancia, celebrando y lamentando, a la vez, otro cumpleaños de ella, ...
sin ella.
Después
vinieron otros artistas invitados a mi fiesta íntima, entre ellos, Silvio,
Serrat, Triana, Facundo, Calamaro, Céspedes y los Quijano; también muchas voces
que me cantaron en inglés y, aunque entendí por partes, sus sonidos, como los
de Alan Parsons, se metieron en mi cabeza y corrieron por mis venas como el
vino, del que di buena cuenta.
...
Y así fue hasta las 5 de la mañana, cuando dejé que la calma se apoderara de mi
casa, me fui a la cama y le ordené a mi cuerpo que descansara.

Preciosa columna, gracias hermano
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