Al hacer la apertura de YOPINOKE me propuse que sería un
Blog que contendría solo artículos y anotaciones originales, de mi autoría, sin
embargo, mucho me temo que esa premisa es incumplible, ya que el intercambio de
las opiniones y de las ideas no puede limitarse, máxime cuando mis aportes son
solo granos de arena en el universo de la información y del conocimiento.
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Por: Rafael Mendoza.
Creo que
llegó la hora de contar una historia que apenas conocemos quienes hemos estado
muy metidos en este mundo del ciclismo. Una historia que tiene situaciones
sombrías, mafias que se incrustaron en los carros acompañantes de las caravanas
ciclísticas y que le dieron un vuelco a la manera de competir en el gran
ciclismo.
El último
día del Tour de 1983 apareció en el diario L'Equipe una nota firmada por el
quíntuple campeón Jacques Anquetil sobre los colombianos titulada: “Si vuelven
serán terribles”. Era la impresión de un ciclista cerebral, que triunfaba
gracias a los cronómetros llanos y que ganaba con lo estrictamente necesario,
que se maravillaba ante esos “escarabajos” que tuvieron la osadía de enfrentar
a los profesionales en la prueba más importante del mundo.
Fue una
locura y aún no entiendo cómo nos metimos en semejante berenjenal. Un “loco”
brillante, como lo fue entonces el presidente de la Federación de
Ciclismo, Miguel Angel Bermúdez y un empresario genial, Saulo Barrera,
presidente de Pilas Varta, llevaron a un equipo nacional a competir con los
mejores del planeta en su carrera más difícil. Miguel Angel había convencido al
dueño del Tour, Félix Levitan, para que invitara a diez equipos aficionados:
Colombia, Francia, la Unión Soviética de Sukho, España, Italia, Suiza, Gran
Bretaña, Bélgica, Holanda y Australia pero el único que aceptó el reto fue
Colombia. Saulo Barrera, por su parte, se le metió al proyecto que habían rechazado
seis de las empresas más importantes del país que consideraron una locura
meterle 5 millones de dólares cada una a lo que creían iba a ser una masacre
ciclística.
Los
ciclistas profesionales se pellizcaron y para aceptar la presencia de los aficionados
pusieron condiciones: una larga etapa contra reloj por equipos, más de 40
kilómetros de pavé, una etapa plana de 350 kilómetros y dos cronómetros llanas
largas. Con ello creían que los colombianos tras las tradicionales 10 etapas
llanas llegarían sin fuerzas a los Pirineos.
Y es que
ya le temían a los “escarabajos”. Pascal Simón, Robert Millar y otros
ases europeos corrieron el Clásico RCN del 82 y comprobaron que nada tenían que
hacer en los ascensos ante los nuestros.
Pero tras
esa serie de trampas contra Patrocinio, Flórez y su combo, en la primera etapa
pirenáica, con cinco durísimos ascensos entre los que estaba el Tourmalet,
Patrocinio había vuelto flecos la carrera. Fue tan grande el desbarajuste por
lo ocurrido que esa noche en Luchon llegaron al hotel donde estaba Varta cinco
corredores europeos, de dos equipos secundarios, quienes le aseguraron a Saulo
Barrera que Patrocinio Jiménez podría ganar el Tour si contaba con sus
rodadores para el llano. Naturalmente habría que pagarles un buen dinero. Me lo
consultó y le dije que era una locura, que si tenían que empujar por un
precipicio a Patrocinio lo harían porque no se iban a dejar ganar una carrera
por los nuestros. Consultamos luego a “Cochise” Rodríguez quien reafirmó lo que
yo había dicho.
Hoy
recordando esa impresionante aventura no me explico del todo cómo los nuestros,
sin ganar nada, fueron la gran atracción del Tour. Y es que ni los técnicos, ni
los ciclistas, ni los periodistas teníamos una remota idea de lo que era el
profesionalismo. Se presentaron enfrentamientos con el asesor Luis Ocaña, se
cometieron errores tan grandes como no ir a una prueba en Europa para
adaptarnos al ritmo de sus competencias. Bastaron la garra y la enorme
capacidad de sufrimiento de los nuestros para mostrar el poder de una raza muy
especial.
Desde
entonces ha sido largo, tortuoso y muy difícil el trajinar de los colombianos
en las pruebas europeas con ocasionales éxitos como el memorable triunfo de
Martín Ramírez en el Dauphine Liberé del 84, La Vuelta a España ganada por
Lucho Herrera, el tercer lugar de Fabio Parra en el Tour, los numerosos títulos
de montana en Tour, Giro y Vuelta… ¿Pero por qué solamente ahora, 31 años
después, se cumple la predicción de Anquetil en el actual Giro de Italia?
Inicialmente
porque los europeos supieron que tenían que cambiar su forma de correr las
grandes Vueltas. En los comienzos de la década del 80 había un patrón que
imponía sus leyes en el pelotón, Bernard Hinault. Las etapas se llevaban
con mucha tranquilidad, a unos 25 kilómetros por hora y únicamente en los 60
minutos finales, desde que aparecía el helicóptero de la televisión se montaba
el show con un lote que se enloquecía en una marcha que a veces llegaba a los
70 kilómetros por hora. Hasta en los premios de montaña y en las metas volantes
quienes disputaban esas clasificaciones se ponían al frente del pelotón y
embalaban en los últimos 300 metros.
Pero con
los colombianos, que no respetaban sus reglas, tuvieron que cambiar de
estrategia y Cyrille Guimard, técnico por ese entonces de Renault y luego de La
Vie Claire, fue el que encabezó el ataque contra los colombianos. Por lo menos
diez veces lo oí hablando en momentos previos a las salidas de Tour y de la
Vuelta diciéndole a otros técnicos que había que llevar a los colombianos de la
lengua para limarles las piernas en las reglamentarias nueve o diez etapas
llanas de los comienzos de carrera. Solamente se equivocaron en la Vuelta de
1987 en la que se encontraron puertos duros en las primeras etapas y luego las
subidas a Andorra y a Cerler en las que Rafael Niño les devolvió la moneda
porque puso a Café de Colombia a imponer un ritmo frenético en los ascensos que
acabó con los rodadores porque los que no se fueron a casa por llegar fuera del
tiempo quedaron con las piernas vueltas flecos y nada pudieron hacer para
colaborar con sus líderes.
Y luego
hubo un factor más determinante: el dopaje. En los ochentas casi todos los
grandes de Europa iban al final de temporada a Italia para ser tratados por el
doctor Ferrari. En las caravanas corría el rumor de que el médico los trabajaba
con esteroides y anabolizantes que cinco o seis meses después, cuando se
iniciara la temporada, ya no tenían ningún rastro. Pero hubo otro medicamento
que unos años más tarde iba a hacer numerosos campeones y que se buscó
simplemente para anular las condiciones naturales que favorecían a los
colombianos: el EPO.
A las
competencias colombianas comenzaron a llegar los principales equipos europeos y
siempre traían uno o dos médicos a los que ví muchas veces tomando muestras de
sangre. Se habían dado cuenta de que los nuestros, por vivir a mayor altura,
tenían más glóbulos rojos, que permitían una mejor oxigenación de la
sangre lo que les daba un poder de recuperación superior y una mayor resistencia
en los grandes esfuerzos. Y comenzaron a buscar un medicamento que realizara lo
mismo hasta que encontraron el EPO, o la eritropoyetina, que se utilizaba para
manejar la anemia de los pacientes con insuficiencia renal. A pesar de que
supieron de lo peligroso que podría ser su uso la utilizaron a diestra y
siniestra, tanto que hoy se tiene el convencimiento –y creo que la prueba
también- de que todos los campeones del Tour desde 1993 hasta hace muy poco
tiempo lo utilizaron. Se sabía que lo usaban pero no había un método para
detectarlo y cuando se pudo lograr se encontró que existían borradores que la
escondían.
Hoy cuando
la ciencia ha logrado conseguir un examen que lo detecta y cuando cada corredor
debe tener un pasaporte biológico con el que se sabe cuál es su nivel de
hematocritos, es decir cuando se le ha puesto el freno a su utilización, los
colombianos comienzan a brillar, a cumplir la predicción de Anquetil. Pero no
es solo el control del dopaje. Hay muchos otros factores que permiten su
lucimiento como una mejor alimentación en su infancia, a que los corredores que
se destacan se van muy jóvenes a Europa y allí al tiempo que se forman
técnicamente y son guiados por verdaderos expertos se van acomodando a las
difíciles condiciones clímáticas que hay que soportar. Todo ello y que no se ha
perdido su garra, su coraje, su amor a la tierrita, su ambición por conseguir
un mejor vivir y su enorme capacidad de sufrimiento es lo que hace que como lo
soñó Anquetil volvieron, se aguantaron una lucha desigual y ahora
son terribles.
Para la
vergüenza
¿Cuántos
periodistas, comentaristas y auxiliares técnicos tendrá Colombia en Brasil? Ya
hay por lo menos 30 en Argentina y Brasil y cuando llegue el Mundial su número
llegará a los 100.
Cuántos
fueron al Giro de Italia, que se sabía podía ser ganado por uno de los
nuestros? Hasta la etapa catorce ninguno. Ese día llegó a la carrera Tito
Puccetti, enviado por la cadena ESPN.
¿El equipo
de Pékerman conseguirá mejores resultados que los ciclistas del Giro? Lo dudo y
ahora recuerdo que en la gran época del ciclismo por lo menos éramos 80,
contando con los técnicos y auxiliares de las cadenas radiales. Hasta Germán
Castro Caycedo, que entonces tenía un programa de opinión en la televisión estuvo
allá.


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