Por: James Cifuentes Maldonado.
Cuando la espuma de la cerveza se
sube hay que saborearla antes que se repose, por eso ahora que la pasión del
futbol colombiano está en lo más alto, hay que hablar de futbol, con la
comodidad y la tranquilidad que dan los buenos resultados.
Pero no me refiero solo a esos
tres maravillosos partidos que nuestra selección nos ha regalado en este
mundial, que la han llevado a clasificarse a octavos de final con el peso y la
categoría de los grandes, con una performance perfecta con 9 puntos de nueve
posibles, con nueve goles que hablan por sí solos de su vocación ofensiva y con
dos goles en contra, que bien analizados, indican que es un equipo equilibrado
en su planteamiento, que hace y deja
hacer, y eso para el espectáculo cuenta mucho; no, en realidad me refiero a
todo un proceso que inició en la segunda parte de la eliminatoria que mostró toda una metamorfosis sorprendente
de la selección de la mano de ese señor técnico que es José Néstor Pekerman,
porque, a todo señor todo honor.
Pekerman, un maestro, un líder
que ha sabido administrar un puñado de individualidades y de talentos naturales
que Colombia siempre ha tenido, pero organizándolos alrededor de unas premisas de
trabajo colectivo, de seriedad y de profesionalismo dentro y fuera de la cancha, que, si nos fijamos, fue exactamente
lo que le faltó a Colombia en el mundial de Estados Unidos 1994, que pensándolo
bien tenía muchas más estrellas que las que hay ahora, ponderando el momento
obviamente.
La actual selección nos confirma
que no basta con tener excelentes jugadores, que, insisto, Colombia siempre los ha
tenido; para llegar a tener resultados consistentes y construir una marca
futbolística hay que ir más allá del nacionalismo y del folclore que despierta
un buen partido; y en este sentido todos los jugadores que han participado en
el actual proceso han mostrado que saben manejar la presión y sobre todo no se han
desconcentrado de sus objetivos, a pesar del gran barullo, las adulaciones y el
triunfalismo, que generan los medios de
comunicación, y es aquí donde se ve la mano del señor Pekerman, que se nota
incluso en el discurso de los jugadores, cada vez que dan declaraciones a la
opinión pública. Que orgullo escuchar a
James Rodríguez o a Cuadrado, con ese aplomo,
esa seriedad y esa seguridad que solo tienen los que saben para donde
van y están conscientes del camino.
Sin demeritar el pasado, que
pasado es, y sobre ese pasado hemos construido, es reconfortante poder decir
que al fin contamos con un equipo de carácter y de jerarquía, con
la combinación ideal de juventud y veteranía, que da la frescura de pensar
en el paso que sigue, el partido con Uruguay, sin las angustias y las incertidumbres
extra futbolísticas que pesaban en otras épocas; no, ahora podemos estar
tranquilos, sabemos lo que tenemos y sabemos quién es el rival, y por ello el partido no se ha perdido antes de
afrontarlo, al contrario, si nos apegamos a la dinámica de los resultados inmediatos, es
innegable que Colombia, como nunca antes,
es la gran favorita, favorita del
corazón pero también favorita en el contexto de una realidad que muestra a un país que ha fortalecido su
ADN y su identidad futbolística, con un juego históricamente exquisito de buen
trato al balón, aderezado ahora con jugadores más resueltos y más frontales en
la búsqueda del arco contrario.
Esto es lo que hay, esto es lo
que tenemos y con esto es que vamos a enfrentar a Uruguay, adversario
circunstancial que no es una incógnita porque lo conocemos bien, porque lleva 100 años
jugando de la misma manera, con simpleza y con garra, y por lo tanto es un
desafío más en la curva ascendente del futbol colombiano, que no empieza y no
termina en Brasil 2014.
Por todo lo anterior,… que se
preocupen los uruguayos, que no le pongan bozal a Suarez, porque Colombia en este mundial tiene 23 titulares, que no se asustan con un mordisco.
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