Por: James Cifuentes Maldonado.
Más allá de que hay teorías y definiciones muy elaboradas e
incluso sofisticadas de lo que es DOLO y DOLO EVENTUAL, yo entiendo estas
figuras, la primera como la actuación consciente y deliberada de una persona
dirigida a causar un daño a través de la materialización de un delito, contra
otra persona o contra sus bienes. En tanto que el dolo eventual al final se
concreta cuando, conscientes de que una actuación nuestra puede derivar en un
daño para otro, de todos modos actuamos, más que imprudentemente, haciendo caso
omiso de que esa posibilidad se puede materializar por la suma de muchas
circunstancias algunas de las cuales dependen de nosotros y otras que no y que
aumentan la peligrosidad de lo que hacemos.
Un ejemplo del dolo puro y simple es tomar la decisión de matar a
alguien motivado por algún oscuro interés; y el ejemplo del dolo eventual es el
que se desencadena para cualquier persona que luego de tomarse unos tragos y
sabedor de que en dicho estado ya no debe conducir de todos modos lo hace y en
el recorrido hacia su casa arrolla y mata a una persona.
En el DOLO EVENTUAL aunque pareciera discutible el elemento
de la conciencia previa o de la premeditación de la persona sobre la ilegalidad
y peligrosidad de su acto, hay que anotar que dicha conciencia o premeditación
no se remonta al momento mismo en que ha
ingerido licor o ha consumido cualquier sustancia que altere sus sentidos, y no
lo es porque en esta sociedad moderna tan bombardeada por los medios de
información y las redes sociales, es imposible que alguien no conozca la
dimensión de la problemática de los conductores ebrios, luego, en estos casos el DOLO EVENTUAL se puede empezar
a configurar muy tempranamente, mucho tiempo antes de la tragedia, por ejemplo
desde el momento mismo en que estando en nuestra casa en la mañana de un
viernes cualquiera empezamos a planear lo que haremos en la noche, existiendo la gran posibilidad de que nuestra jornada termine en fiesta o en
juerga, y aun así decidimos transportarnos en nuestro propio vehículo. Es desde
ese momento entonces, y no después, que empezamos a ser culpables, o dicho de
otra manera, desde ahí empezamos a echarnos la suerte como eventual
delincuente.
Yo he sido en múltiples ocasiones irresponsable por haber
conducido con tragos e incluso totalmente embriagado, y cada vez que lo he
hecho me he sentido muy mal y me he preguntado ¿cuándo será que no lo haré
más?, ¿cuándo será que el ángel que me cuida de pronto se me baja del carro y
sucede algo terrible? como por ejemplo despertar en un hospital o en un
calabozo con la noticia de que maté a dos o tres personas. Y precisamente
porque yo he tenido suerte y no me ha pasado nada es que invito a todos mis
amigos, y a los que no lo son, a que imaginemos esa escena de la tragedia de
una persona muerta o gravemente lesionada por culpa nuestra, persona que
incluso puede ser un familiar nuestro; los invito a que nos pongamos en la
situación que están viviendo tantas personas a las que ya esa tragedia les
pasó, para que hagamos conciencia y paremos, ¡por favor paremos!; no hay
motivo, razón ni excusa para que manejemos tan siquiera con un trago de licor
encima. Imaginemos que un momento de
irresponsabilidad nuestro puede arruinar la vida de otras personas, de las que
mueren y la de sus familiares que dependían de ella y se amaban entre sí;
incluso arruina la vida del causante.
Porque en realidad son dos tragedias, la de las víctimas y la del
borracho y su familia. Cuando más es
posible que el borracho sea pudiente y pague mil millones de indemnización y 5
años de casa por cárcel, lo cual es injusto frente a quien carece de esa
posibilidad por no tener apellido ni plata, pero igual siempre será una
tragedia.
Hace un tiempo ya, escuché unas declaraciones del señor
comandante de policía de Bogotá en las que decía que “el tema de los
conductores ebrios es un problema de cultura”, y eso pareciera sonar a una
frase desgastada y de cajón, pero no por trillada deja de ser verdad, porque en
realidad es un problema que tenemos arraigado en nuestra sociedad, una sociedad
bebedora y orgullosa de serlo, una sociedad a la que no le importa y al
contrario presume de que el licor haga parte de todas las celebraciones e
incluso de las ocasiones tristes; una
sociedad en la que los padres beben y se emborrachan en la sala de su casa
frente a sus hijos sin ningún recato; una sociedad en la que en un pasado
reciente beber en el carro quemando gasolina por toda la ciudad sin rumbo
determinado era el programa de fin de semana, incluso sonando una canción
parrandera que decía “¡aguardiente pal chofer!” y no era charlando, al conductor era al primero que le daban el
trago; una sociedad que en el último y en el primer día del año se embrutece en
familia, con licor y al son de la pólvora y los voladores, … y después nos
quejamos de que todo es un problema de cultura. La verdad es que el problema
somos nosotros que hacemos la cultura.

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