Por: James Cifuentes Maldonado
Luego de esa larga y aciaga noche para las huestes del sotismo en
Risaralda, salió el sol y ha vuelto la celebración, para ellos, como aquella
tarde del 9 de marzo de 2014, cuando se empezaron a ver los primeros resultados
de las elecciones parlamentarias que ubicaban a Carlos Enrique Soto nuevamente
en el Senado, alegría que se fue aguando cuando los boletines de la Registraduría
iban estrechando cada vez más los
márgenes de votos en la última curul del partido de la “U” que entró en disputa
con el huilense Carlos Eduardo Gechem. Así, hubo necesidad de contar voto por voto y mirar
con lupa en cada mesa de cada rincón del país donde estos señores tuvieran
simpatizantes, todo en un interminable y agónico proceso de 4 meses.
Pero la espera terminó y el senador Soto se volvió a
posesionar el pasado 20 de julio, para fortuna de él y de sus seguidores. Sin embargo, sea que a uno le guste o no el
estilo del senador Soto, es innegable que su reelección es una noticia positiva
para la región, porque en este disputado país político, en términos de gestión,
y aun de mermelada, no es lo mismo para un departamento, con tantos y vitales
proyectos como Risaralda, tener un senador que tener dos, y menos, cuando
estábamos a merced de quedar representados solo por el señor Juan Samy Merheg
cuya legitimidad y ascendencia dentro del conservatismo ha sido puesta en
entredicho, e incluso su productividad como legislador.
Es posible que el senador Soto, con su particular forma de ser, un tanto
tosco o demasiado serio, y con su estilo de hacer política y de administrar el
poder, dentro de una estructura concéntrica sobre la que él mueve todas las
fichas, se haya ganado no pocos detractores. Sin embargo con el conocimiento,
no muy profundo tal vez, como testigo a la distancia, como mero habitante del
Barrio Cuba, puedo decir que Carlos Enrique Soto Jaramillo, es un dirigente que
ha hecho todo el curso y a falta de títulos académicos y superando el hecho de no
pertenecer a las castas sociales tradicionales de la región, se hizo a un nombre,
construyó una gran empresa política y se
abrió un espacio que siempre ha estado creciendo y que solo se ha visto amenazado en las recientes elecciones, por aquello de que algunos de los
respaldos de los candidatos a Cámara de Representantes, que se suponía eran
para sumar, terminaron haciéndole un hueco de casi 15 mil votos que se fueron
para otra parte.
No me referiré a las ejecutorias del senador Soto, que seguramente son
muchas porque este artículo no es un “infocomercial”, tampoco meteré el dedo en
lo que le ha faltado por hacer que lógicamente
es más de lo que ha logrado, porque el desarrollo de un país y de una región es
dinámico y siempre habrá temas pendientes. Si se le mide por sus aciertos y errores,
muy probablemente salga rajado, según sea la orilla ideológica que lo juzgue y según
sea el analista, especialmente por el enrarecido clima en el que han
transcurrido las dos últimas administraciones de Pereira en las que han estado
al frente líderes del Partido de la “U”,
y más aún, de la otrora “Casa de la Democracia”, y es un hecho, que han sido ya
casi 7 años de un duro enfrentamiento de clases, en el cual los pupilos de Soto
han dado papaya.
Mi propósito con esta nota no es hacer un balance sobre lo que es y no
es el Senador Soto, porque es seguro que no tengo suficientes elementos de
juicio, lo que sí puedo decir es que es un hombre trabajador, de la política por
supuesto, y ha sido protagonista en todos los niveles que ha escalado. Es obvio que detrás de su organización hay
cientos de personas que le deben algo, por su capacidad de gestión en temas
burocráticos, dejando claro que la burocracia y lo que llaman despectivamente la
mermelada, que a algunos políticos oportunistas les dio por despreciar en
elecciones pero que les fascina en tiempo frío, es parte de la naturaleza y del
desarrollo de un país democrático, obviamente que uno desearía que la
burocracia cada vez estuviera más determinada por los méritos y no por las influencias,
pero eso ya es otro tema. Igualmente no se puede desconocer que Soto es un
político activo, que se mueve, que gestiona que se manifiesta y que no brilla
propiamente por estar ausente, especialmente de los temas locales, llamando la
atención su gran capacidad de vivir en permanente contacto con la comunidad,
siendo un dirigente agradecido con aquellos que se la han jugado por él.
En realidad pretendo con este artículo expresar que, más allá de las pasiones
que despierte el senador Soto, para Risaralda y para Pereira, es bueno que haya
asegurado su curul, porque en realidad de
no haber reunido los votos suficientes, no hubieran perdido solamente sus
electores ni el mismo senador Soto, sino toda una región que requiere de
continuidad en el liderazgo y en la gestión de muchos proyectos que ya están
andando y de muchos otros que se deben implementar.
Finalmente, para dejar una idea sobre el talante que me parece tiene el senador Soto, acudo a una anécdota, que
refleja precisamente lo que creo que el senador Soto no es:
Cuentan los que vieron, que en cierta ocasión en el directorio de un
reconocido político de Cuba, que continúa activo, por cierto, en una de esas
reuniones de viernes por la noche, de atención a la comunidad, se acercó una
señora, muy humilde, quien le manifestó al político que tenía una gran dificultad,
por la falta de dinero para conseguir unos medicamentos para un pariente suyo muy
enfermo, obviamente y de inmediato el líder expresó su solidaridad y
disposición de ayudarla para lo cual le pidió que le dejara la fórmula; la
señora se la entregó, sin ninguna duda, y se marchó a su casa, confiada. Al cabo de varias semanas e incluso meses de que
la necesitada señora anduviera tras el
político sin que éste hiciera efectiva su ayuda, decidió pedirle, con un ruego y
con una angustia mayor a la expresada el primer día, así: “don fulanito, yo le agradezco el interés, pero le pido el inmenso favor
de que, por lo menos, me devuelva la fórmula médica, para no volver a pedir
cita en el hospital, yo ya veré cómo me consigo la droguita”.
El
senador Soto tiene la virtud y/o el defecto, según sea la experiencia
específica, de que a quien le ofrece su
ayuda se la da de verdad y se compromete
hasta el final, pero igualmente, cuando algo no le parece o cuando siente que
alguien le pide algo que no merece, lo expresa sin dobleces y dice “NO”, con una determinación que se puede
confundir con la grosería. Es decir que
el senador Soto podrá ser lo que cada quien piense de él, pero no tiene puntos intermedios,
ni anda con rodeos, ni habla con medias tintas; y eso en los políticos no es
muy común.

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