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sábado, 11 de octubre de 2014

Con Antonio, tomando café





Por: James Cifuentes Maldonado



Hace ya 20 años, mi amigo Antonio Ríos, compartiendo un tinto conmigo en la universidad, dijo la siguiente frase célebre: “El café no queda dulce por la cantidad de azúcar que le echemos sino por el número de vueltas que le demos al mezclador”.

Y para mi gusto, aunque anecdótica y aparentemente intrascendente la reflexión de Toño Ríos, trasladada al campo del ser y de la vida, encierra algo de sabiduría, porque, aplicando el mismo principio del azúcar, que si no se revuelve no endulza, para nada sirven la inteligencia y los talentos de una persona, sin la determinación que ponga en acción sus virtudes y las materialice en provecho propio, de su familia y de la sociedad.

Así, por el mundo vamos, algunos, con mucho que hacer, que sentir, que dar y que decir, sin tener conciencia de ello o conteniéndonos sin razón, con proyectos, empresas y sueños que descartamos después de imaginarlos, sin darnos la oportunidad de realizarlos o fracasarlos, sin entender que en cualquier caso siempre valdrán la pena, porque en ellos se encierra la esencia de existir, en la acción y el movimiento, porque, lo que no se activa y no se mueve, está muerto.

Algo similar pasa con las iniciativas y los sentimientos, que cuando no se expresan, no hacen bien ni hacen mal, simplemente mueren sin nacer y terminan siendo un misterio, un enigma sin resolver, de todo lo que pudo haber sido y no fue.

Porque la acción y el movimiento hacen la diferencia entre el arriba y el abajo, el antes y el después, el éxito y el fracaso, el amor y el desamor, porque el ser y el actuar, con pasión e intensidad, son la clave entre vivir o simplemente sobrevivir. Para que la vida, como dijo John Lennon, no sea algo que ocurre mientras estamos ocupados haciendo planes.

Entonces, escribamos el libro, así nadie lo lea, sembremos el árbol, aunque su crecimiento demore y su sombra y sus frutos sean para el goce de otros, y tengamos nuestros hijos aunque al final se marchen; porque algún día los hijos se irán a escribir su propio libro, a sembrar su árbol y a regalarnos nietos que, con sus travesuras, nos harán comprender el verdadero significado de la felicidad y entender que todo cuanto hicimos tenía sentido y con ello podremos irnos, con la tranquilidad y la satisfacción de que no fuimos pasajeros sino capitanes de nuestro propio barco. Porque la vida es tan corta y hay tanto que hacer en este mundo que, lo único que yo considero pecado, es dormir más de siete horas.

PDTA. Dedico estas elucubraciones como una gratitud a María Marleny Maldonado Marulanda, mi madre, quien nunca ha dejado de moverse, por sus hijos, por su familia y por la gente, porque no conozco una persona con la vocación de servicio y la abnegación como ella, porque no sabe decir no cuando se le requiere y se le necesita y porque siempre va más allá del deber.


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