Por James Cifuentes Maldonado
Nada más hace unos días un amigo me decía que su padre le había dicho alguna vez una frase, que no tenía claro si era original de él o la había copiado de alguien, frase que lo había marcado para siempre, algo así como que "LA INFANCIA ES EL PATIO DONDE LOS HOMBRES JUEGAN POR EL RESTO DE SUS VIDAS".
Y no importa de quien es la frase, ya alguien nos dirá quién es el autor, para darle el crédito; lo que en verdad importa es que en la niñez suceden muchas cosas que nos impresionan perennemente, determinando nuestro ser, nuestros gustos y nuestros sueños.
Suele suceder con la música y con la televisión, al punto que todos, primero escuchamos y luego cantamos las canciones que nuestros padres escucharon y cantaron, y así mismo, nunca salen de nuestra memoria los programas que cuando chicos vimos de una manera ritual, todos los días, a la misma hora y con los mismos; programas que no tienen nada que ver con los contenidos precoces de ahora.
Los programas y los personajes de CHESPIRITO son un juguete que nunca hemos dejado, con el que nos divertimos en ese patio de la niñez que nunca hemos abandonado, emulando a ese chavo que Roberto Gómez Bolaños aprendió a ser y a interpretar para nosotros a sus 46 años, como un desafío y como un ejemplo de que uno es lo que quiere, cuando quiere y de que se puede enseñar a ser GENTE con la inocencia y con la risa. La prueba de que no hay necesidad de grandes montajes ni de grandes prosas ni parlamentos, para tocarnos el alma, y que, basta con la mirada transparente de un niño para ver a través de ella lo mejor del mundo.
Desafío a cualquiera de mi generación a que encienda su televisión y que se vaya de canal en canal, como solemos hacer, a ver si no se detiene indefectiblemente, cuando en alguno de ellos ve la imagen en blanco y negro del Chavo o del Chapulín Colorado, y se queda viendo el programa completo y se lo goza como si nunca lo hubiera visto.
Tan especial es para mí el Chavo, como quiera que nació cuando yo nací, un día de 1971; llegando para quedarse en el imaginario del niño que nunca he dejado de ser; el Niño que hoy goza con sus propios hijos tratando de protegerlos de la realidad de este mundo convulso, entre cuentos, piruetas, trabalenguas, garroteras y chiripiorcas.
Paz en la tumba de ROBERTO GÓMEZ BOLAÑOS, que su obra y su memoria vivan entre nosotros, como la continuación de su candidez, su ternura, su absurdo y su locura, que nos rescatan de la seriedad y la crudeza de la vida.
CHESPIRITO, EL HOMBRE CON EL QUE SIEMPRE QUISE TOMARME UN CAFÉ.
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