Eran otros tiempos, unos años bellos pero confusos, de felicidad corta, de luto inoportuno, por la ausencia que dejó el viaje prematuro del patriarca; porque el dueño del aviso se fue un día de 1980, dejándonos cuando apenas yo empezaba a encañonar las plumas de mi segunda infancia y mi hermana aun tomaba tetero y esperaba inocente al niño Dios.
La madre, llena de necesidades, pero también de coraje, se enfrentaba a solas al mundo y a esa jauría de lobos con piel de oveja que esperaban el primer resbalón, pero ella se mantuvo fuerte y nosotros con ella, aunque no con pocas penurias y sacrificios.
Y con todo, Jaque y yo salimos adelante, de la mano de esa eterna luchadora, la Marleny de las 4 Ms, la viuda a los 27 años, que cual Zenaida hizo todo lo que había que hacer, para darnos alimento para el cuerpo y para el alma; incluso la familia creció, porque llegó la Mona, para compartir con gusto y pasión el mismo techo y el segundo apellido.
Y Jaque y yo, fuimos los hermanos mayores, los hermanos mayores que, de tanto parecerse caminaron por las orillas contrarias del mismo río que ha señalado el curso de nuestras vidas, mientras que un torrente de coincidencias y de ideas comunes pasaba entre los dos, la mayor de las veces inadvertido, pero lo que había en el fondo, el amor, no murió, sigue ahí, porque 8.300 kilómetros de distancia, lo que hay de Pereira a Madrid, y 15 años de ausencia no son suficientes para para desvanecer la raíz, el origen y la sangre; la sangre que corre por las venas impulsada por el corazón que late con la fuerza de la nostalgia y el anhelo de volver a reunirnos, aquí o allá, ya no para recuperar el tiempo perdido, porque es imposible, sino para vivir un tiempo nuevo.
Desde esta pascua lejana, recibe Jaque, hermana mía, un te amo, un te extraño y una esperanza; pareciera poco pero en verdad lo es todo.

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