Por James Cifuentes Maldonado
Los partidos y movimientos tradicionales, que supuestamente representan las mayorías, se mantienen en el poder y se engordan por la apatía de quienes no votan, en un círculo vicioso en el cual los ciudadanos concluyen que no hay más opciones, que los dirigentes establecidos son malos, pero no hay más.
Frente a esta adversidad tomó fuerza el concepto del “voto de opinión” como esa manifestación de unas personas que, dotadas de algún criterio, se rebelan contra los paradigmas políticos, porque se sienten atraídos o motivados por algo en particular de un candidato, algo que les hace pensar que elegirlo daría lugar a un resultado diferente.
Considerando que en Colombia el abstencionismo históricamente ha sido superior al 50%, es perfectamente viable que cualquier candidato, sin maquinaria, a nivel local, regional o nacional, que conquiste el favor de la opinión, pudiera dar la sorpresa, como en efecto ya ha sucedido en Medellín y en Bogotá con Sergio Fajardo y Antanas Mokus, quienes rompieron los esquemas y se saltaron las “empresas” políticas establecidas. Ahora, también puede ser que quienes opinan y buscan alternativas diferentes, al no estar cohesionados por una organización, desconfíen de su poder y den la causa por perdida frente a los partidos y candidatos tradicionales, de tal manera que faciliten la continuidad de los mismos con las mismas.
Quienes se forman una opinión frente a una persona o frente a una propuesta política, necesariamente deben darse al deber de averiguar quién es el candidato, cuál es su pasado y en qué consisten sus planteamientos; aunque se diga que todos tenemos esta posibilidad, sin importar el estrato y la educación, la realidad es que el voto en Colombia, en su mayoría, no es un voto informado ni consciente, es un voto amarrado por el clientelismo o los intereses burocráticos, o, en el peor de los casos es un voto producto del engaño o de la coacción, y de esta manera no es un voto libre orientado a la mejor propuesta o por el candidato con la mejor preparación o la mejor reputación, sino que es un voto incondicional (ciego), dirigido a satisfacer un interés particular.
En el proceso para elegir un nuevo alcalde de Pereira, es nuestro deber, hacer las sumas y las restas para decidir, con conocimiento y con responsabilidad, lo que más le conviene a la ciudad, por todo lo que tiene y por todo lo que le falta; hay que ir a las urnas con convicción y autonomía para legitimar la opinión, porque opinar sin tomar posición y sin votar es un ejercicio estéril; porque, en teoría, lo que es bueno para el colectivo, debe serlo para los individuos; esa es la esencia de la democracia.

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