Por James Cifuentes Maldonado
Lo que ha sucedido en los diálogos de paz de la Habana, equivale a haber reunido todas las piezas de un enorme rompecabezas y tenerlas, apenas listas, para empezar a ponerlas en su sitio; tratándose del rompecabezas de la paz, aunque ya se sabe el plazo, también se sabe que el ensamble no va a ser perfecto y no todos quedarán conformes con los resultados.
Las imágenes de la televisión hablan por sí solas; un cuadro que muestra al más fiel representante de la aristocracia colombiana, Juan Manuel Santos, apretando, con reticencia, la mano del guerrillero más buscado en todo el territorio nacional, alias “Timochenko”, luego de anunciar que están listos para formalizar el acuerdo que ponga punto final al conflicto armado más antiguo de América y el único que subsiste por estos lados del planeta.
Lo que ha sucedido en los diálogos de paz de la Habana, equivale a haber reunido todas las piezas de un enorme rompecabezas y tenerlas, apenas listas, para empezar a ponerlas en su sitio; tratándose del rompecabezas de la paz, aunque ya se sabe el plazo, también se sabe que el ensamble no va a ser perfecto y no todos quedarán conformes con los resultados.
Las imágenes de la televisión hablan por sí solas; un cuadro que muestra al más fiel representante de la aristocracia colombiana, Juan Manuel Santos, apretando, con reticencia, la mano del guerrillero más buscado en todo el territorio nacional, alias “Timochenko”, luego de anunciar que están listos para formalizar el acuerdo que ponga punto final al conflicto armado más antiguo de América y el único que subsiste por estos lados del planeta.
Una gran cantidad de colombianos recibimos el anuncio con esperanza, porque vemos más cerca el sueño de acallar el fuego mortal de las armas y vivir en un país más seguro, con las condiciones para el pleno desarrollo económico y social. Por otro lado, un puñado de escépticos, de esos que no creen en nada, tal vez porque no entienden la dimensión de los hechos, preguntándose por qué tanto alboroto; pero también hay muchos colombianos rasgándose las vestiduras, afirmando que, el 23 de septiembre de 2015, ha resultado ser el día de la hecatombe, tantas veces anunciada por ellos, porque, en su parecer, se legitimará el terrorismo, se pondrá a los guerrilleros y a los soldados en la misma bolsa y reinará la impunidad.
Los ojos del mundo estarán puestos en nosotros y en lo que se nos avecina. A mi juicio, será precisamente el interés y la presión de la comunidad internacional, lo que finalmente logre que los anuncios hechos se traduzcan en la paz para Colombia y en la estabilidad para la región. En la medida en que avance el cierre del proceso, en los próximos seis meses, y pasemos de los discursos a los hechos, muchos se montarán al bus del triunfo, incluso muchos de los escépticos y los indignados, lo cual precipitará el desenlace positivo del acuerdo de paz, por la fuerza y la velocidad que toman la cosas cuando se hacen inminentes e inevitables.
La guerra no es justa, pero la paz tampoco, y por ello, la reconciliación de la nación, en la forma en que se han comprometido los negociadores en Cuba, exige un gran esfuerzo de todos los colombianos; es necesaria una gran cuota de realismo y de sacrificio; la historia, con más de 50 años de violencia, incluyendo los 8 años del gobierno de Uribe, nos ha mostrado suficientemente que no hay otro camino.
La guerra no es justa, pero la paz tampoco, y por ello, la reconciliación de la nación, en la forma en que se han comprometido los negociadores en Cuba, exige un gran esfuerzo de todos los colombianos; es necesaria una gran cuota de realismo y de sacrificio; la historia, con más de 50 años de violencia, incluyendo los 8 años del gobierno de Uribe, nos ha mostrado suficientemente que no hay otro camino.
Para los contradictores del proceso, como se está llevando, la paz no será justa en la medida que no será perfecta, porque no calmará la sed de venganza; porque insisten en partir del supuesto de que en Colombia no hay conflicto; que solo se trata de un corpúsculo de facinerosos armando desorden en mitad de la calle; porque no reconocen que vivimos en un país de inmensas brechas sociales; porque se resisten a admitir que la paz, como fin último y sostenible, está por encima de las formas, así como en la guerra no se cuidan las formas sino los objetivos.
Hay que entender que la paz no es una opción, es un resultado, que deriva de las posibilidades y las posiciones en la guerra, cuando ésta se centra en el poder político, en el dominio que se quieren tomar, a toda costa, los que no lo tienen y que defienden, con los dientes apretados, los que lo ostentan; ambos por la alternativa más antigua y más pragmática, es decir por la fuerza.
En el contexto de la modernidad, la paz de los vencedores no es perdurable, en tanto el colectivo no sienta que tiene un contrato social justo y aquí es donde los instrumentos democráticos cobran importancia y valor.
Hay que entender que la paz no es una opción, es un resultado, que deriva de las posibilidades y las posiciones en la guerra, cuando ésta se centra en el poder político, en el dominio que se quieren tomar, a toda costa, los que no lo tienen y que defienden, con los dientes apretados, los que lo ostentan; ambos por la alternativa más antigua y más pragmática, es decir por la fuerza.
En el contexto de la modernidad, la paz de los vencedores no es perdurable, en tanto el colectivo no sienta que tiene un contrato social justo y aquí es donde los instrumentos democráticos cobran importancia y valor.

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