Por James Cifuentes Maldonado
Ya sin el fragor del debate electoral, propongo unas reflexiones, no sobre política, sino sobre “los políticos”. Aunque la política es la manifestación suprema de las cosas del Estado, no habiendo nada dentro de una sociedad organizada que escape a su influjo, la percepción que en general se tiene de la misma, es altamente negativa, y eso es por la forma en que suelen comportarse quienes la ejercen.
Lamentablemente, en nuestra cultura, “hacer política” es sinónimo de prometer, enredar, mentir, incumplir, traicionar, “serruchar”, traficar influencias, y un montón de vicios más, que no son exclusivos de los políticos, sino que hacen parte de nuestra historia como nación, de nuestra idiosincrasia, del afán de hacer las cosas por el camino corto, de nuestra astucia o la mal llamada viveza.
Nuestros políticos son lo que hemos hecho de ellos, porque no habría “chanchullos” si no hubiera alguien que se prestara para los mismos, no habría “roscas” ni directorios manejando puestos ni contratos, si nuestro sistema no fuera el clientelismo, en lugar de la meritocracia. Casi todos, tenemos una experiencia de un favor que pedimos, una influencia (palanca) que movimos para que nos dieran algo, para hacer un trámite, para levantar una multa o para no pagar una infracción de tránsito.
Los ciudadanos somos propiciadores de esas malas costumbres, en un país en el que a muchos les fastidia hacer cola, tienen seguridad social como cotizantes y al mismo tiempo carné del SISBEN, no declaran sus bienes, no pagan impuestos, no cubren las prestaciones de sus empleados, pero van a misa los domingos. No me hago ilusiones con los políticos de hoy, porque el verdadero cambio vendrá con la generación que apenas crece, con los niños que están en la escuela, cuando ellos tengan una mejor formación y un mejor ejemplo.
Algún día la política será una actividad más decorosa; lo digo admitiendo que los políticos actuales, son como son, porque nosotros lo hemos permitido, porque los hemos elegido, aun conociendo cómo piensan y cómo actúan; como cuando la dama se casa, sabiendo que el novio es un borrachín y mujeriego, y luego resulta que eso era lo de menos; cuando esto pasa, no hay mucha autoridad para quejarse.
Los políticos no son extraterrestres, no son una especie rara y detestable, somos nosotros mismos; son los abogados, los ingenieros, los economistas, los médicos, o cualquier ciudadano, rico o pobre, con o sin título, pero en todo caso, con el interés y la vocación de servir a la sociedad en los complejos asuntos de la administración pública y del gobierno.
Por cosas de la vida, los políticos y las meretrices, comparten una condición: lo que hacen no es fácil y alguien tiene que hacerlo.
Ya sin el fragor del debate electoral, propongo unas reflexiones, no sobre política, sino sobre “los políticos”. Aunque la política es la manifestación suprema de las cosas del Estado, no habiendo nada dentro de una sociedad organizada que escape a su influjo, la percepción que en general se tiene de la misma, es altamente negativa, y eso es por la forma en que suelen comportarse quienes la ejercen.
Lamentablemente, en nuestra cultura, “hacer política” es sinónimo de prometer, enredar, mentir, incumplir, traicionar, “serruchar”, traficar influencias, y un montón de vicios más, que no son exclusivos de los políticos, sino que hacen parte de nuestra historia como nación, de nuestra idiosincrasia, del afán de hacer las cosas por el camino corto, de nuestra astucia o la mal llamada viveza.
Nuestros políticos son lo que hemos hecho de ellos, porque no habría “chanchullos” si no hubiera alguien que se prestara para los mismos, no habría “roscas” ni directorios manejando puestos ni contratos, si nuestro sistema no fuera el clientelismo, en lugar de la meritocracia. Casi todos, tenemos una experiencia de un favor que pedimos, una influencia (palanca) que movimos para que nos dieran algo, para hacer un trámite, para levantar una multa o para no pagar una infracción de tránsito.
Los ciudadanos somos propiciadores de esas malas costumbres, en un país en el que a muchos les fastidia hacer cola, tienen seguridad social como cotizantes y al mismo tiempo carné del SISBEN, no declaran sus bienes, no pagan impuestos, no cubren las prestaciones de sus empleados, pero van a misa los domingos. No me hago ilusiones con los políticos de hoy, porque el verdadero cambio vendrá con la generación que apenas crece, con los niños que están en la escuela, cuando ellos tengan una mejor formación y un mejor ejemplo.
Algún día la política será una actividad más decorosa; lo digo admitiendo que los políticos actuales, son como son, porque nosotros lo hemos permitido, porque los hemos elegido, aun conociendo cómo piensan y cómo actúan; como cuando la dama se casa, sabiendo que el novio es un borrachín y mujeriego, y luego resulta que eso era lo de menos; cuando esto pasa, no hay mucha autoridad para quejarse.
Los políticos no son extraterrestres, no son una especie rara y detestable, somos nosotros mismos; son los abogados, los ingenieros, los economistas, los médicos, o cualquier ciudadano, rico o pobre, con o sin título, pero en todo caso, con el interés y la vocación de servir a la sociedad en los complejos asuntos de la administración pública y del gobierno.
Por cosas de la vida, los políticos y las meretrices, comparten una condición: lo que hacen no es fácil y alguien tiene que hacerlo.

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