Por James Cifuentes Maldonado
El
correo electrónico nace en 1971, pero empieza a masificarse con internet en
1996 de la mano de Hotmail; Facebook surge en 2004, como un experimento
de unos niños genio de Harvard; YouTube irrumpe con la novedad del vídeo en
streaming en 2005; Twitter en 2006 hace lo propio con las noticias en formato
corto; WhatsApp pega duro con sus comunicaciones instantáneas y chats grupales
en 2009 y, hace 6 años,
Instagram se instala como la red social más popular, basada en la publicación
de fotografías.
Me pregunto
¿a qué carajos nos dedicábamos en nuestro tiempo libre hace 20 años?; qué, por
Dios, que ya no me acuerdo. En el trascurrir del siglo pasado, veinte años
todavía eran toda una vida, una eternidad diaria de mañanas, tardes y noches
largas; se hacía de todo; el periódico se leía completo desde la primera plana,
pasando por el acontecer político, las siempre interesantes noticias
deportivas, el morbo de las judiciales, la frivolidad de las notas sociales; en
fin, nos leíamos hasta los edictos y los obituarios.
En
el siglo XXI, cuando la oferta de contenidos se ha multiplicado
exponencialmente, por la disponibilidad de tantos medios facilitados por el
poder de la tecnología, los servidores, las redes y los buscadores, donde todo
está a la mano, nos enfrentamos a un océano de datos donde apenas nos asomamos.
Picamos allí y allá, donde el titular nos llama la atención y, si de
pronto nos cautivamos, leemos un artículo completo. Con un solo paneo de
las ediciones electrónicas de los periódicos, de los que antes nos dejaban
negras las manos, quedamos listos, champurreados, pero para nada informados,
porque la profundidad y la investigación son cosa venida a menos, y no es que
diga que no haya periodismo investigativo, lo que digo es que ya no hay tiempo
ni lectores para eso.
¿A que
se dedican los niños y jóvenes de hoy, que ya no vivieron el tiempo de sus
abuelos, porque, al igual que sus padres son nativos de la revolución
tecnológica y no conocen otra cosa en su ocio que estar conectados?; ¿para
dónde van ellos? que, si leen un libro es a la fuerza, que juegan y
conversan mucho, pero solo en línea, que se enamoran y se desenamoran, pero ya
no en el andén de la casa o en el parque, sino a través de emoticones en un
muro virtual, bajo el escrutinio de cientos de “amigos” fisgones.
¿Para dónde vamos
todos? ¿Para dónde, los que comemos con el teléfono en la mesa, que manejamos
escribiendo un mensaje y que recibimos besos y bendiciones que no nos tocan la
piel?

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