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viernes, 1 de abril de 2016

La soledad de los internautas.





Por James Cifuentes Maldonado

El correo electrónico nace en 1971, pero empieza a masificarse con internet en 1996 de la mano de Hotmail; Facebook surge en 2004, como un experimento  de unos niños genio de Harvard; YouTube irrumpe con la novedad del vídeo en streaming en 2005; Twitter en 2006 hace lo propio con las noticias en formato corto; WhatsApp pega duro con sus comunicaciones instantáneas y chats grupales en 2009 y, hace 6 años, Instagram se instala como la red social más popular, basada en la publicación de fotografías.  

Me pregunto ¿a qué carajos nos dedicábamos en nuestro tiempo libre hace 20 años?; qué,  por Dios, que ya no me acuerdo. En el trascurrir del siglo pasado, veinte años todavía eran toda una vida, una eternidad diaria de mañanas, tardes y noches largas; se hacía de todo; el periódico se leía completo desde la primera plana, pasando por el acontecer político,  las siempre interesantes noticias deportivas, el morbo de las judiciales, la frivolidad de las notas sociales; en fin, nos leíamos hasta los edictos y los obituarios.

En el siglo XXI, cuando la oferta de contenidos se ha multiplicado exponencialmente, por la disponibilidad de tantos medios facilitados por el poder de la tecnología, los servidores, las redes y los buscadores, donde todo está a la mano, nos enfrentamos a un océano de datos donde apenas nos asomamos. Picamos allí y allá, donde el titular nos llama la atención y, si de pronto  nos cautivamos, leemos un artículo completo. Con un solo paneo de las ediciones electrónicas de los periódicos, de los que antes nos dejaban negras las manos, quedamos listos, champurreados, pero para nada informados, porque la profundidad y la investigación son cosa venida a menos, y no es que diga que no haya periodismo investigativo, lo que digo es que ya no hay tiempo ni lectores para eso.

¿A que se dedican los niños y jóvenes de hoy, que ya no vivieron el tiempo de sus abuelos, porque, al igual que sus padres son nativos de la revolución tecnológica y no conocen otra cosa en su ocio que estar conectados?; ¿para dónde van ellos? que, si leen un libro es a la fuerza,  que juegan  y conversan mucho, pero solo en línea, que se enamoran y se desenamoran, pero ya no en el andén de la casa o en el parque, sino a través de emoticones en un muro virtual, bajo el escrutinio de cientos de “amigos” fisgones.

¿Para dónde vamos todos? ¿Para dónde, los que comemos con el teléfono en la mesa, que manejamos escribiendo un mensaje y que recibimos besos y bendiciones que no nos tocan la piel?

Estamos jodidos, pero conectados, atiborrados de información pero vacíos, llenos de amigos, pero tremendamente solos.

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