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miércoles, 13 de julio de 2016

Que vivan los estudiantes





Por James Cifuentes Maldonado

Uno de los atractivos de ir a la universidad, en la Facultad de Derecho de la Libre, era recorrer sus agitados pasillos, viendo los estudiantes caminar de aquí para allá, de un lado al otro, leyendo sus libros en voz alta para memorizar la lección que habrían de preguntarles en clase; yo hice parte de ese frenesí, porque también solía dejar la tarea para última hora.  

Pero lo mejor, lo que más me gustaba, sobre todo en los primeros años,  era ir a la cafetería con mis compañeros gomosos, a iniciarnos con el tinto y el cigarrillo que fumábamos por mero esnobismo, cuando no había lugares vedados para fumar; echábamos humo para que nos vieran, porque así nos sentíamos más intelectuales; botábamos corriente en animadas discusiones ya fueran académicas o solamente “arreglando el país”, en una época vibrante, jurídicamente hablando, cuando la Constitución del 91 apenas empezaba a dar sus primeros pasos y ser abogado estaba más de moda que nunca.

Hace poco regresé a la universidad y vi los mismos pasillos y los mismos muros aunque más llenos de mosaicos, porque la producción de graduandos ha aumentado con los años; he recibido comentarios en cuanto que la exigencia académica ha bajado, porque creció la competencia con la ANDINA y la Autónoma de las Américas y hay que cuidar la clientela.

Noté que los hábitos de ocio de la comunidad estudiantil son distintos; la cafetería estaba prácticamente vacía y en los alrededores no había estudiantes devorando la lección o debatiendo antes del examen.  En los corredores había estudiantes, pero estaban tirados prácticamente en el piso, derrumbados en unos coloridos puf de cuero sintético, de esos que se usan en casa para hacer pereza o ver televisión; los estudiantes no estaban estudiando, estaban desparramados como lisiados intentando maniobrar sus teléfonos inteligentes, contorsionándose increíblemente con tal de no incomodarse o no levantarse, para no perderse un segundo de su chat.

Las apariencias engañan, espero estar equivocado y que esos “zombis digitales” que vi en los pasillos de la universidad superen nuestras expectativas, que sean más brillantes y mejores profesionales que los que surgieron en mi época; no obstante, y a riesgo de parecer un viejo chocho y anticuado, tengo que decir que los estudiantes de ahora generan dudas, o al menos la primera impresión desconcierta, porque un montón de muchachos desmadejados en el suelo, no es lo que uno espera ver en un “alma mater”, por chéveres que queramos sentirnos y por mucho que las directivas abran la mente para permitirlo.

La educación universitaria, pública o privada, es un privilegio; los afortunados pagan por una buena formación y no solamente para que los dejen graduar; y en esta búsqueda de la excelencia, cada vez más compleja, la actitud es importante; lo de los puf puede ser un simple detalle, quizás intrascendente, pero también un síntoma de que algo más serio y con más fondo está pasando con nuestra academia y con nuestros estudiantes.  

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