Por James Cifuentes Maldonado
Uno de los atractivos de ir a la universidad,
en la Facultad de Derecho de la Libre, era recorrer sus agitados pasillos,
viendo los estudiantes caminar de aquí para allá, de un lado al otro, leyendo
sus libros en voz alta para memorizar la lección que habrían de preguntarles en
clase; yo hice parte de ese frenesí, porque también solía dejar la tarea para
última hora.
Pero lo mejor, lo que más me gustaba,
sobre todo en los primeros años, era ir
a la cafetería con mis compañeros gomosos, a iniciarnos con el tinto y el
cigarrillo que fumábamos por mero esnobismo, cuando no había lugares vedados
para fumar; echábamos humo para que nos vieran, porque así nos sentíamos más
intelectuales; botábamos corriente en animadas discusiones ya fueran académicas
o solamente “arreglando el país”, en una época vibrante, jurídicamente hablando,
cuando la Constitución del 91 apenas empezaba a dar sus primeros pasos y ser
abogado estaba más de moda que nunca.
Hace poco regresé a la universidad y vi
los mismos pasillos y los mismos muros aunque más llenos de mosaicos, porque la
producción de graduandos ha aumentado con los años; he recibido comentarios en
cuanto que la exigencia académica ha bajado, porque creció la competencia con
la ANDINA y la Autónoma de las Américas y hay que cuidar la clientela.
Noté que los hábitos de ocio de la comunidad
estudiantil son distintos; la cafetería estaba prácticamente vacía y en los alrededores
no había estudiantes devorando la lección o debatiendo antes del examen. En los corredores había estudiantes, pero
estaban tirados prácticamente en el piso, derrumbados en unos coloridos puf de
cuero sintético, de esos que se usan en casa para hacer pereza o ver
televisión; los estudiantes no estaban estudiando, estaban desparramados como
lisiados intentando maniobrar sus teléfonos inteligentes, contorsionándose
increíblemente con tal de no incomodarse o no levantarse, para no perderse un
segundo de su chat.
Las apariencias engañan, espero estar
equivocado y que esos “zombis digitales” que vi en los pasillos de la
universidad superen nuestras expectativas, que sean más brillantes y mejores
profesionales que los que surgieron en mi época; no obstante, y a riesgo de
parecer un viejo chocho y anticuado, tengo que decir que los estudiantes de
ahora generan dudas, o al menos la primera impresión desconcierta, porque un montón
de muchachos desmadejados en el suelo, no es lo que uno espera ver en un “alma
mater”, por chéveres que queramos sentirnos y por mucho que las directivas
abran la mente para permitirlo.
La educación universitaria, pública o
privada, es un privilegio; los afortunados pagan por una buena formación y no solamente
para que los dejen graduar; y en esta búsqueda de la excelencia, cada vez más
compleja, la actitud es importante; lo de los puf puede ser un simple detalle, quizás
intrascendente, pero también un síntoma de que algo más serio y con más fondo
está pasando con nuestra academia y con nuestros estudiantes.

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