De nuevo se nos demuestra lo frágiles que somos y cuán repentinamente se
nos puede extinguir la llama de la vida, por más vigorosa que se le
vea. En el azar de cada día, la partida de un ser querido nos llama
siempre a reflexionar sobre el sentido de la existencia, el objetivo del
ser y el significado de ya no ser.
Presento excusas a los amigos con los que tuve el punto de encuentro y la experiencia de interactuar con Beatriz Echeverri Uribe, La Mona, como algunos solíamos decirle, porque no alcancé a llegar a la última ocasión con ella, por lo menos la última en este mundo; la misa de su funeral, ayer.
No la conocí tanto como quise; pero 15 años de compartir la profesión de abogado y muchas metas logradas en Telefonica de Pereira fueron suficientes para poder dar fe de un ser humano en toda la extensión de la palabra.
Sencilla, ejecutiva, y sin rodeos, La Mona me enseñó el poder de lo simple y la conveniencia que a veces tiene ir directamente al punto.
Éramos bien distintos y en algunas ocasiones nos vimos en posiciones divergentes, pero fue justamente en la diferencia donde se sustentó el inmenso valor de compartir con ella.
A Luis, su esposo, a Susana y a Federico, sus hijos, mi sentimiento de solidaridad y un abrazo afectuoso en la distancia; toda la resiliencia y la fuerza para afrontar este duro momento.
James Cifuentes Maldonado

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