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domingo, 12 de junio de 2016

James Rodriguez, un exitoso desdichado.





Por James Cifuentes Maldonado

Llevamos ya meses, desayunando, almorzando y cenando James Rodriguez, y chévere porque yo también me cuento entre los admiradores del jugador, además que soy seguidor del futbol.  La cuestión, el corcho que ni se hunde ni se sale del remolino, ha venido girando alrededor del por qué James, siendo tan bueno, no es titular en el Real Madrid, situación que no para de atormentarnos y más ahora que el colombiano ha vuelto a brillar en la Copa América. 

La respuesta es sencilla, nadie es indispensable y cuando se trata de una organización o de un equipo priman los planes y los criterios colectivos y esa es una lección que nos está dando Zinedine Zidane, que se ha dado el lujo de tener sentado un jugador de 80 millones de euros, hoy algunos dicen que de 90, simplemente porque no encaja en su ideal táctico, y los resultados lo respaldan. 

El Real Madrid repuntó notablemente en la última parte de la Liga española y puso a apretar los dientes al Barcelona que cabalgaba sobrado en la punta y terminó con el equipo merengue respirándole en la nuca y, finalmente, los blancos se hicieron a la undécima estrella de la Liga de Campeones de Europa, que no es poca cosa, que no es propiamente un premio de consolación y todo eso lo consiguió con James de suplente e incluso sin jugar.

James Rodriguez tiene el talento que todos queremos tener, la juventud para hacer cualquier plan, juega (trabaja) en un equipo de los mejores del mundo, el paraíso de los futbolistas, percibe astronómicos ingresos por sueldo y publicidad, tiene una bonita familia y es querido por casi todos los colombianos que vemos proyectados en él muchos de nuestros sueños;  pero es posible que hoy James no sea feliz, porque la felicidad es algo que está asociado a un concepto que va más allá del poder, de los bienes y del estatus, la felicidad deriva de algo que se llama PLENITUD y es claro que James hoy no está pleno, porque, así públicamente diga lo contrario para quedar políticamente correcto, es evidente su incomodidad y su frustración por no haber sido el protagonista y el directo responsable de los éxitos recientes de su club, como a él le gusta, como nos gusta a todos. 

Para entender un poco esto de la felicidad como consecuencia de la plenitud, me atrevo a decir que, James Rodriguez, levantando la copa de la Champions League, no sintió la quinta parte de la emoción que tuvo cuando levantó el trofeo de la Pony Futbol en Medellín, por allá, en 2004, cuando todavía era un niño y la opulenta realidad que hoy lo rodea no cabía en su cabeza.

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