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domingo, 12 de junio de 2016

La verdad, ¿la suya o la mía?





Por James Cifuentes Maldonado

La verdad, esa cosa que muchos reclamamos como nuestra, como un botín que calza perfecto a nuestras ideas, a lo que creemos que sabemos; la verdad que sirve a nuestros propósitos, la que es mentira pero nos place; la que es cierta y nos hace sufrir, que es otra forma de ser feliz. La verdad de los enamorados y la verdad de los adoloridos, la verdad de los inocentes y la de los malvados; la de los victoriosos y la de los vencidos. La verdad que queremos oír, la que queremos decir, la que queremos esconder; la verdad de los niños, los locos y los borrachos; la verdad de los ignorantes y la verdad de los doctorados; la verdad de los hombres, la verdad de las mujeres; la verdad que nos hace grandes o nos envilece; la verdad que dignifica, aquella nunca rebelada, como un silencio piadoso que nos protege; la verdad que sabe a vida, la verdad que huele a muerte. La verdad del político que quiere el voto; la verdad de unos, la verdad de otros, la verdad mía, la verdad de todos; la verdad del reportero al que premian por una historia o por una foto; la verdad del comerciante que quiere vender y la del consumidor que quiere comprar; la verdad de quienes todo lo han tenido y la verdad de los desposeídos; la verdad del invasor, la verdad del desplazado; la verdad del que soborna y la verdad del torturado; la verdad del demandante y la del demandado; la verdad de quien acusa,  la del que se defiende y la verdad del abogado; la verdad del testigo que teme hablar y la del juez que se quiere pensionar; la verdad atrapada en la ley, la verdad prisionera  de la interpretación, la verdad de un concepto bien pagado. La verdad que libera, la verdad que aliena y la que confunde; la verdad que suma o que divide, la verdad que alegra, que empalaga o que deprime; la verdad que condena o que redime. La verdad del cuerpo, la verdad de la mente y la verdad del espíritu, que son tres verdades distintas; la verdad del evangelio y la verdad de la ciencia; la verdad de quienes construyen la Paz y la verdad de quienes prefieren la guerra; la verdad del dictador y la verdad de los profetas. En fin, la verdad, ese espejo de la sociedad roto en mil de pedazos, por todas partes desperdigados; un caleidoscopio de hechos y de imágenes, que nos obliga a ver la vida y el mundo siempre de manera fragmentada, limitada, incompleta; Salvo por las matemáticas y por la física, la verdad no existe, no hay más que opinión y filosofía.

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