Por James Cifuentes Maldonado
La verdad, esa cosa que muchos reclamamos como
nuestra, como un botín que calza perfecto a nuestras ideas, a lo que creemos
que sabemos; la verdad que sirve a nuestros propósitos, la que es mentira pero
nos place; la que es cierta y nos hace sufrir, que es otra forma de ser feliz.
La verdad de los enamorados y la verdad de los adoloridos, la verdad de los
inocentes y la de los malvados; la de los victoriosos y la de los vencidos. La
verdad que queremos oír, la que queremos decir, la que queremos esconder; la
verdad de los niños, los locos y los borrachos; la verdad de los ignorantes y
la verdad de los doctorados; la verdad de los hombres, la verdad de las
mujeres; la verdad que nos hace grandes o nos envilece; la verdad que
dignifica, aquella nunca rebelada, como un silencio piadoso que nos protege; la
verdad que sabe a vida, la verdad que huele a muerte. La verdad del político
que quiere el voto; la verdad de unos, la verdad de otros, la verdad mía, la
verdad de todos; la verdad del reportero al que premian por una historia o por
una foto; la verdad del comerciante que quiere vender y la del consumidor que
quiere comprar; la verdad de quienes todo lo han tenido y la verdad de los
desposeídos; la verdad del invasor, la verdad del desplazado; la verdad del que
soborna y la verdad del torturado; la verdad del demandante y la del demandado;
la verdad de quien acusa, la del que se defiende y la verdad del abogado;
la verdad del testigo que teme hablar y la del juez que se quiere pensionar; la
verdad atrapada en la ley, la verdad prisionera de la interpretación, la
verdad de un concepto bien pagado. La verdad que libera, la verdad que aliena y
la que confunde; la verdad que suma o que divide, la verdad que alegra, que
empalaga o que deprime; la verdad que condena o que redime. La verdad del
cuerpo, la verdad de la mente y la verdad del espíritu, que son tres verdades
distintas; la verdad del evangelio y la verdad de la ciencia; la verdad de
quienes construyen la Paz y la verdad de quienes prefieren la guerra; la verdad
del dictador y la verdad de los profetas. En fin, la verdad, ese espejo de la
sociedad roto en mil de pedazos, por todas partes desperdigados; un
caleidoscopio de hechos y de imágenes, que nos obliga a ver la vida y el mundo
siempre de manera fragmentada, limitada, incompleta; Salvo por las matemáticas
y por la física, la verdad no existe, no hay más que opinión y filosofía.

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