(Publicado en la ultima edición del periódico LA TARDE del miercoles 22 de junio de 2016, antes de su cierre)
Por James Cifuentes Maldonado
Desde cuando se anunció la operación de compra de
LA TARDE por parte de la sociedad propietaria del Diario del Otún, se desató
una gran inquietud dentro de la opinión pública y por supuesto dentro de los
columnistas que tuvimos el privilegio de compartir nuestras reflexiones y
nuestras peroratas a través de su página de opinión. A finales de 2015 la indicación de la
jefatura de redacción era que la transición podía ser cosa de semanas o de
meses, previsión que me pareció algo extraña por lo incierta.
Desde enero algunos columnistas empezaron a
despedirse agitando muy tempranamente la nostalgia de quienes todavía
apreciamos el particular encanto de las noticias que nos llegan envueltas en
papel, en cuadernillos que caen en nuestra puerta o que compramos en el puesto
de la esquina; así como nos siguen gustando todas esas cosas que desaparecieron
con la modernidad y que son valiosas no por su vigencia o su funcionalidad sino
por el significado que tuvieron en un momento dado de nuestras vidas; leer la prensa en la edición física es como insistir
en escuchar música en tornamesa, por la
evocación que nos produce el ruido de la aguja en los surcos del vinilo,
añejando las canciones con ese sonido analógico, que sabe y huele a rincón
viejo.
Me reusé a despedirme, porque soy el menos versado
para rememorar la profusa historia de LA TARDE que es hablar de la historia de
Risaralda, que es hablar de una ciudad
como Pereira que demostró que si se podía, cuando partió cobijas con
Caldas. No me despedí, porque los principios progresistas que inspiraron la
creación de LA TARDE no desaparecen con la marca.
El devenir periodístico de la ciudad no termina,
solamente se transforma, por los efectos incontestables de la economía que
indican con frías matemáticas que no hay cama para tanta gente y que los
anunciantes ya no están dispuestos a pagar por dos pautas. Porque la opinión de
los que leen, de los que compran, va más allá del color político, ya no hay
diarios conservadores ni diarios liberales, porque en Colombia los partidos ya
no pesan; simplemente hay noticias, historias para contar, que entre más
amarillas, serán la mejor materia prima del negocio de la información que
subsiste por la rentabilidad y no por la ideología.
Con buena intención los dueños han anunciado que
los nombres se juntan, que El Diario del Otún y LA TARDE seguirán en llave en
el corto plazo, en un experimento inusual porque se sabe bastante de fusiones
de muchos tipos de empresas pero casi nada de la absorción de un periódico por
otro, de la conjunción de dos líneas editoriales diferentes. El desafío es grande y como resultado espero
que no sobreviva ninguno de los nombres de ese raro casado, que el nuevo
amanecer sea la oportunidad de afincar una marca fresca, plural, diversa e
incluyente, para un instrumento de comunicación remozado al servicio de de la
economía pero también de la gente.

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