Por James Cifuentes Maldonado
"Si no están prevenidos con
los medios de comunicación, les harán amar al opresor y odiar al oprimido”.
La frase atribuida al activista
de los derechos civiles en Estados Unidos, Malcolm X, le pone a uno la piel de
gallina porque es la terrible realidad que nos ha tocado vivir en los últimos
años cuando los medios de comunicación han tenido su mayor auge y su
penetración se ha potenciado a través de las cajas de resonancia que son las redes
sociales, útiles para confundir y despistar a una opinión pública facilista y
perezosa, que se conforma con lo primero que escucha o con lo primero que lee.
Esto a propósito del alboroto que
se ha armado con el asunto de los manuales de convivencia con contenido sexual
que supuestamente publicó el Ministerio de Educación y que ha levantado la ira
santa de los sectores más fundamentalistas de la sociedad, azuzados como ya se
ha vuelto costumbre por los pronunciamientos tendenciosos, unos abiertos y otros
soterrados, de la Procuraduría, entidad del Estado que no pierde oportunidad
para enrarecer el ambiente político simplemente porque no comparte las posturas
del actual gobierno especialmente frente a las negociaciones con la guerrilla y
en relación con los derechos de las minorías y particularmente de la comunidad
LGBTI.
Es una paradoja, que ahora cuando
más existen recursos tecnológicos y muchas más fuentes disponibles de
información, esos recursos no estén siendo útiles para sustentar el criterio de
las personas y por el contrario el oscurantismo se esté multiplicando
exponencialmente y llevando a la humanidad a niveles alarmantes de
intolerancia.
La cultura de la descalificación
a priori y del no dejar hacer a través de la crítica destructiva, la mayor de
las veces sin fundamento, nos está haciendo mucho daño. En vez de avanzar hacia
la verdad y a la luz estamos retrocediendo a la caverna. Hoy, desde la
trinchera de las redes la gente está siempre lista para reaccionar y
movilizarse, así no tenga claros los motivos, así no sepa para qué.

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