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lunes, 26 de mayo de 2014

LA PAZ O LA GUERRA

Por James Cifuentes Maldonado.

La paz es un anhelo permanente que bien puede aplazarse, entorpecerse a conveniencia o simplemente dejar que la intenten otros, para no asumir riesgos políticos; El presente gobierno ha decidido que este momento, en la historia de Colombia, es propicio para buscar la Paz, y se la juega en su búsqueda como en el pasado lo hicieron otros gobernantes a quienes no se les negó el derecho.

Sea quien sea el que esté al frente del gobierno, será igual de legítimo elegir el camino de la paz o de la guerra; lo que sí es claro es que la tarea de la paz es más compleja, más desafiante desde el punto de vista social y menos cómoda políticamente hablando, por estas razones buscar la paz es más meritorio.

Hacer la guerra solo requiere la determinación que da un corazón lleno de egoísmo y resentimiento; la estrategia es la más simple y la más cómoda, dilapidar gran parte del presupuesto y de la riqueza nacional en gastos de defensa y en verdad no es mucha la creatividad que ello exige. Hacer la paz requiere la altura y la magnanimidad de reconocer que hay un país lleno de injusticias y que, mientras eso siga así, habrá motivos y habrá excusas para que la gente, con razón, se levante; pero además, en un país convulso siempre habrá buitres y oportunistas.

Hacer la paz exige la grandeza de entender que en este mundo moderno no hay enemigo pequeño y que jamás el poder represivo del Estado podrá eliminar todas las posiciones inconformes y con capacidad de desestabilización, y si esto se pusiera en duda, preguntémonos cuántas guerras libertarias, largas y cortas han perdido los Estados Unidos de América frente a ejércitos infinitamente más pequeños que el suyo.

En un país corrupto y mal repartido siempre estará viva la alternativa del monte y de la clandestinidad, que sumadas a medios sucios como el terrorismo, el narcotráfico y el secuestro, podrán poner de rodillas a cualquier gobierno y de paso a toda una nación.  En un país concientizado de la necesidad de la paz, necesariamente habrá mayores oportunidades. En un país en el que reinen las ideas y el libre pensamiento, siempre habrá un camino abierto para la paz. El pueblo lo decide.

LA JUSTICIA.

Si al final del día, la ley  natural no se concreta y la norma escrita no es útil para hacer justicia en nombre de la dignidad humana, entendida ésta como la raíz de las garantías constitucionales y como el principio impulsor de los fines estatales y, al mismo tiempo, modulador del ejercicio del poder, de las libertades y las cargas ciudadanas y la democratización del progreso, los derechos, como obra de la civilización, estarán bajo sospecha de ineficacia y, en consecuencia, la paz como fin último de la sociedad será una utopía y el Estado la selva.

Es obvio que debe reinar la justicia, ello se ha vuelto una frase de cajón; Por supuesto que debe prevalecer la Justicia, pero no solamente aquella concebida como la decisión más razonable de un juez en un caso determinado, que siempre será discutible porque el derecho es una obra humana y por lo tanto falible; necesitamos más justicia espontánea en la vida cotidiana, en el gobierno que debe dar ejemplo, en el vecindario, en el comercio, en los colegios,  en la iglesia, en las empresas; más justicia en las calles por parte de todos los que transitamos en ellas, ...más justicia en nuestros corazones y en nuestras almas.

Porque la justicia es tolerancia y es respeto y la administramos todos, a diario, con nuestros actos grandes o pequeños y hasta con nuestros gestos.  Porque sin las grandes y pequeñas formas de justicia, de todos los ciudadanos, los notables y los anónimos, estamos permanentemente expuestos a la maldad. 


LA PAZ Y EL INTERES COMUN

La Paz es una causa nacional, por eso resulta inaceptable que se claudique a ella o se descarte porque todo un pueblo se sume ciegamente al interés o a la venganza particular de un solo grupo o de un solo hombre. 

La paz requiere de grandeza y de la disposición de  superar las cosas que yo no se pueden cambiar, por ejemplo lo muertos que ya no podemos revivir; porque la verdadera premisa y lo razonable es garantizar la vida, la integridad y los derechos de los que aún estamos y de los que vienen,  para poder construir una nueva realidad, con sentido de generosidad para transigir y perdonar, porque de lo contrario, más que en un círculo vicioso, quedaremos presos en una espiral creciente de más odio y más violencia.

Si quien aspira a gobernar los destinos de la nación, como faro conductor, no está presto a pasar la página de los odios políticos y sectarios y a darse el regalo del perdón, no es digno de ser elegido. 

La Paz se construye entre dos partes diferentes, que si bien se disputan la legitimidad de su actuar y por lo tanto mutuamente se descalifican, hipotéticamente y necesariamente deben asumirse y aceptarse como iguales en la mesa de negociación para poder llegar al fin esperado de una paz auténtica, verificable, confiable  y duradera. El reconocimiento de la contraparte es fundamental porque terminar con el conflicto no puede contemplarse como el acto simple de aplastar una cucaracha. Los pueblos civilizados no construyen la paz como una dádiva o como un gesto caprichoso de condescendencia con los inconformes y su causa.

Si algo hay claro en el conflicto colombiano es que las partes confrontadas, fundamentalmente no comparten el modelo de estado ni sus ideas políticas, pero si tienen plena identidad en cuanto a los elementos que conforman el alma nacional, como la cultura, la idiosincrasia y el reconocimiento de una sola nación y un solo territorio, distinto a otros conflictos secesionistas o independentistas en los que esos lazos no existen.

Colombia es una sola y hay un orgullo nacional desde El Amazonas hasta San Andrés y desde Arauca hasta el Chocó, aunque es evidente que existe un total desbalance en materia de desarrollo y de satisfacción de las necesidades entre las distintas regiones y ese es justamente uno de los factores del conflicto, el olvido y el abandono, sumado a la disputa por la tierra antiguamente por los grandes hacendados que al menos la hacían producir y más recientemente en manos criminales que concentran grandes extensiones  imposibilitando su utilidad social y económica.

En este contexto, la paz requiere la validación de las expectativas y necesidades de quienes piensan diferente en la búsqueda de un Estado más justo, pero sobre todo exige la capacidad de perdonar y superar los daños y los oprobios ya causados por la guerra, que son infames, sin importar el bando de donde provengan o los motivos que llevaron a cometerlos.

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