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lunes, 26 de mayo de 2014

VIVIR

Por: James Cifuentes Maldonado.

Comenzando el año resultan propicias algunas reflexiones sobre la existencia.

De alguna manera, dentro de los límites que son innegables y necesarios, hay que vivir como a uno le venga en gana, es decir, hacer lo que se puede cuando uno quiere, respondiendo al instinto y al impulso, porque solo así sabemos de qué estamos hechos y solo así descubrimos nuestros talentos.

Hay que escuchar a los viejos, no porque ello nos pueda garantizar evitarnos algún dolor o inconveniente en el recorrido del camino que todos debemos andar, sino porque lo nuevo y hasta lo inevitable resulta más llevadero cuando tenemos varias versiones para confrontar; no escuchar a los mayores equivale a tomar la decisión de adentrarnos por un camino solitario, sin luz y sin brújula.

La combinación del consejo ajeno y la experiencia propia es lo que da origen a lo que llamamos criterio y el criterio es el primer elemento de poder y de autoridad de los seres racionales, que nos permite actuar; tan simple como cuando el niño toca la llama que le quema un poco, lo suficiente para enseñarle el respeto que hay que tenerle al fuego pero sin dar lugar al miedo que le prive de su calor.

Es un hecho que la tecnología y la mayor oferta de entretenimiento pueden hacer la vida más fácil, pero eso no significa que pueda ser más intensa o mejor, porque en tanto se hacen muchas cosas a la vez o nos dedicamos obsesivamente solo a una, se pierde la noción del tiempo y la vida pasa y la existencia se agota sin disfrutarla;

El valor de la vida está en ciertos momentos, a solas, en pareja o en familia, en los cuales prepondera el poder de los sentidos, es decir aquellos en los que tenemos la total disposición para pensar, soñar, imaginar, ver, escuchar, tocar, masticar lento y saborear, momentos para mirar a los ojos y para amar; en la medida en que generemos muchos de estos momentos la vida se hace inolvidable, para nosotros y para aquellos que nos quieren; solo el amor nos hace inmortales.

El reconocimiento y la fama, no son necesidades son consecuencias; el reconocimiento nace de los méritos, es duradero y llega cuando lo que se hace sale bien y es útil; la fama es la sensación y el morbo de las cosas que simplemente se hacen públicas, buenas o malas, bonitas o feas, es un estado que se desvanece tan rápido como llega. El reconocimiento se logra solo estudiando, trabajando y sirviendo, en tanto que la fama es un albur, no exento de riesgos, que se consigue, por ejemplo, desnudando nuestra vida en Facebook o en YouTube

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