Cuánto gané, cuánto perdí
James Cifuentes
Para determinar si el que pasó ha sido un buen o un mal año, existen muchas perspectivas, muchos puntos de vista, según la variable que queramos considerar.
Si lo miramos desde lo laboral, yo antes podía decir “Soy feliz, y además tengo un gran trabajo”, ahora simplemente digo: SOY FELIZ. El trabajo es una mera circunstancia, que sube y que baja; es algo en lo cual no deberíamos centrar nuestras vidas, especialmente cuando la empresa no es nuestra.
Tuve la fortuna de laborar 22 años en una importante compañía pereirana de telecomunicaciones, gran parte de ese tiempo liderando la oficina jurídica; esa entidad, por los avatares de la economía, se integró con una más grande, a su vez gobernada por una multinacional, que dispuso la fusión y previamente algunos recortes; la transición, hasta cuando estuve, fue un proceso administrativo largo, con miedos y angustias, del cual me quedó la satisfacción de haber participado, facilitando con entusiasmo todo lo que se me pidió profesionalmente, así ello condujera a mi marginamiento; como dice la canción, “nada personal”, así son los negocios.
Hoy no tengo el seguro de la sagrada quincena, se me llevaron el queso, el confort del horario previsible y otros beneficios, pero me quedaron unos días fascinantes que sé cómo empiezan pero no cómo terminan. Me regalaron tiempo, me inspiraron un nuevo orden para mis prioridades. Aunque hubo oportunidad, no tuve el valor de marcharme por mi propia iniciativa, como lo hizo Carlos Raúl Yepes, que se dio el lujo de renunciar a la presidencia de Bancolombia, pero ese caso, muy motivante por cierto, obedeció principalmente a cuestiones de salud.
Perdí un trabajo pero gané una familia unida, que es mi polo a tierra, que me fortalece y me anima a explorar nuevos caminos. Perdí un importante cargo pero gané un mayor margen para ser yo mismo, para acometer mis propias luchas y defender mis propios ideales, o por lo menos para reorientar el enfoque y aplicar mi experiencia y mis competencias en nuevos proyectos.
Perdí un empleo y muchos compañeros, pero gané la oportunidad de saber, entre tantos conocidos, cuáles y cuántos serán mis amigos; si finalmente me quedan dos, o tan solo uno, habré ganado demasiado; si no me queda ninguno, también habré ganado.
Hago estas anotaciones personales, como una catarsis de principio de año, porque en el mundo hay millones de historias iguales.
Con nostalgia he despedido el 2016 y con mucha esperanza he recibido el 2017. Felicidades para todos.
Para determinar si el que pasó ha sido un buen o un mal año, existen muchas perspectivas, muchos puntos de vista, según la variable que queramos considerar.
Si lo miramos desde lo laboral, yo antes podía decir “Soy feliz, y además tengo un gran trabajo”, ahora simplemente digo: SOY FELIZ. El trabajo es una mera circunstancia, que sube y que baja; es algo en lo cual no deberíamos centrar nuestras vidas, especialmente cuando la empresa no es nuestra.
Tuve la fortuna de laborar 22 años en una importante compañía pereirana de telecomunicaciones, gran parte de ese tiempo liderando la oficina jurídica; esa entidad, por los avatares de la economía, se integró con una más grande, a su vez gobernada por una multinacional, que dispuso la fusión y previamente algunos recortes; la transición, hasta cuando estuve, fue un proceso administrativo largo, con miedos y angustias, del cual me quedó la satisfacción de haber participado, facilitando con entusiasmo todo lo que se me pidió profesionalmente, así ello condujera a mi marginamiento; como dice la canción, “nada personal”, así son los negocios.
Hoy no tengo el seguro de la sagrada quincena, se me llevaron el queso, el confort del horario previsible y otros beneficios, pero me quedaron unos días fascinantes que sé cómo empiezan pero no cómo terminan. Me regalaron tiempo, me inspiraron un nuevo orden para mis prioridades. Aunque hubo oportunidad, no tuve el valor de marcharme por mi propia iniciativa, como lo hizo Carlos Raúl Yepes, que se dio el lujo de renunciar a la presidencia de Bancolombia, pero ese caso, muy motivante por cierto, obedeció principalmente a cuestiones de salud.
Perdí un trabajo pero gané una familia unida, que es mi polo a tierra, que me fortalece y me anima a explorar nuevos caminos. Perdí un importante cargo pero gané un mayor margen para ser yo mismo, para acometer mis propias luchas y defender mis propios ideales, o por lo menos para reorientar el enfoque y aplicar mi experiencia y mis competencias en nuevos proyectos.
Perdí un empleo y muchos compañeros, pero gané la oportunidad de saber, entre tantos conocidos, cuáles y cuántos serán mis amigos; si finalmente me quedan dos, o tan solo uno, habré ganado demasiado; si no me queda ninguno, también habré ganado.
Hago estas anotaciones personales, como una catarsis de principio de año, porque en el mundo hay millones de historias iguales.
Con nostalgia he despedido el 2016 y con mucha esperanza he recibido el 2017. Felicidades para todos.

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