Esta Navidad si es mía
Publicado 14/12/2016
http://www.eldiario.com.co/seccion/OPINION/esta-navidad-si-es-m-a1612.html
James Cifuentes
Es curioso que siendo la Navidad una fiesta religiosa, el componente espiritual en esta época termine siendo marginal, entre los regalos, la pachanga y la comilona.
Las religiones generalmente están sustentadas en principios de paz, amor, solidaridad, bondad, compasión y comportamiento recto; de hecho son muchos los casos de personas de vida desordenada, violenta y hasta delictuosa que terminan convertidos a una determinada creencia, como un vehículo, como un tótem, como un instrumento que les permite focalizarse en unas conductas y en unos preceptos que les facilitan cambiar y progresar.
Lo cuestionable de las religiones es su organización, su arquitectura, y las jerarquías universales que muy tiesas y muy majas decretan sus ritos a la feligresía, sin ninguna posibilidad de divergencia o discernimiento; lo reprobable de las religiones es que a uno le impongan cómo, cuándo y dónde hablar con Dios.
Indistintamente de la concepción que tengamos de Dios, todos nos reservamos el soberano derecho de pedir cuando estamos en las malas pero también tenemos el deber de no olvidar, de reconocer y de agradecer cuando nuestros días son dichosos; y para eso son precisamente estos tiempos de balances y de renovación de propósitos, con el año que se va y el que se asoma como una nueva oportunidad.
Por distantes o remisos que estemos del concepto de Dios y aun en los casos de personas que definitivamente creen que no existe, en los momentos de gran dificultad, cuando no hay nada que hacer frente al infortunio, cuando las soluciones y los remedios no dependen de nadie y mucho menos de nosotros, cuando nos sentimos perdidos y solos, siempre nos queda una esperanza, esa última mirada interior, ese silencio o esa oración, para que sea lo que tenga que ser.
De Dios nos acordamos y a Dios invocamos: cuando nuestros hijos se enferman; cuando nuestro negocio quiebra; cuando nos quedamos sin trabajo; cuando vamos a la cárcel o cuando un ser querido muere; esas fatalidades per se no prueban nada, solo reafirman nuestra condición de seres inmensamente necesitados, frágiles y pasajeros. Sea que creamos o no, es tiempo de Navidad, así lo dictan el calendario cristiano y la economía; dispongamos entonces los bolsillos pero mucho más los corazones, para el renacimiento de todas las ilusiones, para que se reencuentren las familias, para seamos capaces de construir un mundo mejor, para que hagamos de Colombia un país en paz, más justo y con noticias más amables, más humanas.
Es curioso que siendo la Navidad una fiesta religiosa, el componente espiritual en esta época termine siendo marginal, entre los regalos, la pachanga y la comilona.
Las religiones generalmente están sustentadas en principios de paz, amor, solidaridad, bondad, compasión y comportamiento recto; de hecho son muchos los casos de personas de vida desordenada, violenta y hasta delictuosa que terminan convertidos a una determinada creencia, como un vehículo, como un tótem, como un instrumento que les permite focalizarse en unas conductas y en unos preceptos que les facilitan cambiar y progresar.
Lo cuestionable de las religiones es su organización, su arquitectura, y las jerarquías universales que muy tiesas y muy majas decretan sus ritos a la feligresía, sin ninguna posibilidad de divergencia o discernimiento; lo reprobable de las religiones es que a uno le impongan cómo, cuándo y dónde hablar con Dios.
Indistintamente de la concepción que tengamos de Dios, todos nos reservamos el soberano derecho de pedir cuando estamos en las malas pero también tenemos el deber de no olvidar, de reconocer y de agradecer cuando nuestros días son dichosos; y para eso son precisamente estos tiempos de balances y de renovación de propósitos, con el año que se va y el que se asoma como una nueva oportunidad.
Por distantes o remisos que estemos del concepto de Dios y aun en los casos de personas que definitivamente creen que no existe, en los momentos de gran dificultad, cuando no hay nada que hacer frente al infortunio, cuando las soluciones y los remedios no dependen de nadie y mucho menos de nosotros, cuando nos sentimos perdidos y solos, siempre nos queda una esperanza, esa última mirada interior, ese silencio o esa oración, para que sea lo que tenga que ser.
De Dios nos acordamos y a Dios invocamos: cuando nuestros hijos se enferman; cuando nuestro negocio quiebra; cuando nos quedamos sin trabajo; cuando vamos a la cárcel o cuando un ser querido muere; esas fatalidades per se no prueban nada, solo reafirman nuestra condición de seres inmensamente necesitados, frágiles y pasajeros. Sea que creamos o no, es tiempo de Navidad, así lo dictan el calendario cristiano y la economía; dispongamos entonces los bolsillos pero mucho más los corazones, para el renacimiento de todas las ilusiones, para que se reencuentren las familias, para seamos capaces de construir un mundo mejor, para que hagamos de Colombia un país en paz, más justo y con noticias más amables, más humanas.

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